
Se me vuelve a acumular el trabajo, así que voy a solventarlo por la vía rápida comentando de una vez los tres últimos (y en su mayor parte intrascendentes) capítulos de Game of Thrones. En el sexto capítulo de esta tercera temporada, The Climb, el hilo conductor es la escalada que lleva a Jon Nieve, Ygritte y un pequeño grupo de salvajes al lado sur del Muro. Una pequeña odisea que sirve para estrechar los lazos entre Jon e Ygritte y para que veamos la manía que Orell le tiene al bastardo de los Stark.
Bran continúa su camino hacia el norte con los Reed y Osha, aunque Jojen ve en sus sueños que Jon no está en el Castillo Negro y deciden ir más allá, a lo que una beligerante Osha se opone en redondo. Precisamente más allá del Muro tenemos a Sam y a Elí, que siguen intentando volver al Castillo Negro. Lo más destacable es ver cómo, en el octavo capítulo, Second Sons, Sam mata por fin a uno de los caminantes blancos con una de las dagas de obsidiana, un acontecimiento que en los libros llega antes y en un escenario diferente.
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Esta semana Microsoft mostró al mundo su tercera apuesta en el mundo de los videojuegos, llamada contradictoriamente Xbox One, como si las dos anteriores sólo hubiesen sido proyectos en beta. La consola, con un diseño voluminoso de líneas rectas, muy pensada para ocupar un lugar central en nuestro salón, tendrá un procesador central de 8 núcleos, 8 GB de memoria RAM, 500 GB de almacenamiento en su disco duro, USB 3.0, entrada y salida HDMI, Wi-Fi y lector de Blu-ray. Sus especificaciones son muy similares a lo que ya sabemos de PS4 y apuntan a una arquitectura más cercana a un PC.
Aparte de eso, Xbox One se venderá con una nueva versión de Kinect que permitirá las chorradillas habituales del control gestual y de voz, aunque potenciadas. Por ejemplo, el nuevo Kinect podrá reconocer la voz del usuario y iniciar de forma automática nuestra sesión. La presentación de Microsoft tuvo el gran defecto de centrarse demasiado en hablar de la nueva consola como centro de entretenimiento multimedia más que como un dispositivo de juego. De hecho, los juegos que se mostraron junto a la consola se resumen prácticamente en Call of Duty: Ghosts, Forza Motorsport 5 y lo nuevo de Remedy, Quantum Break.
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Cuando todos teníamos asumido que era imposible hacer un juego con la licencia de un superhéroe que fuese más allá de pasable, llego Rocksteady en 2009 y nos golpeó con fuerza en la cara con Batman: Arkham Asylum, un juego sólido, fresco, interesante y divertido de jugar que cautivó a la crítica y a los jugadores por igual. Dos años después se lanzó Batman: Arkham City, una secuela más ambiciosa que yo he podido jugar, por fin, estos días.
El argumento de esta continuación nos sitúa un año después de los eventos de Arkham Asylum. Quincy Sharp, director de la institución donde se desarrollaba el primer juego, consigue convertirse en alcalde de Gotham y convierte una de las zonas más deprimidas de la ciudad en una megaprisión. Al principio del juego, el propio Bruce Wayne es internado en esta prisión.
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Fue un pestañeo, y de repente se vio en ese escenario clave. El juego y la competición regalan instantes en los que perdurar en el tiempo es una clara posibilidad. Frente a un equipo de mucha más pegada, el Atlético intentó huir de esa maldición que también él se impuso y se agarró al partido con estímulo y fortuna. De esta forma alcanzó ese lapso que recuerda a los fenómenos astronómicos que pasan solo muy de vez en cuando. Congelado en el tiempo, suspendido en el aire con infinitas partículas brillantes a su alrededor, Koke (Madrid, 8/1/1992)estuvo allí y obtuvo la mejor instantánea.
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Adaptar una novela tan conocida como El gran Gatsby es siempre un reto complicado. Muchos la hemos leído y muchos hemos imaginado en nuestra cabeza a sus personajes y míticos escenarios: la lujosa casa de Gatsby, el embarcadero con la luz verde, el valle de las cenizas… Convertir eso en una película y no decepcionar es difícil, sobre todo si eres Baz Luhrmann y quieres hacerlo dejando tu sello de identidad.
Sin embargo, creo que el señor Luhrmann ha hecho un gran trabajo adaptando la mítica novela de Francis Scott Fitzgerald y manteniendo al mismo tiempo su gusto por el exceso visual y por los ritmos musicales anacrónicos. Sus escenarios llenos de saturación e hipérboles encajan perfectamente con los felices años veinte en los que se ambienta la historia.
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