¿Qué queda?

El Madrid fue un arrojo de identidad. Y el Barcelona fue una víctima del consumismo. Erraríamos una vez más si pretendiéramos analizar el partido como si el buen hacer de unos invalidara la presencia de los otros en el campo. Esa no es la realidad. Por más que queramos reducir las cosas, cada uno es responsable de lo que hizo y de lo que no hizo, y lo más importante: ¿por qué? Y aún así, siempre nos dejaremos algo.

Salvo aquellos pequeños matices que moldean el planteamiento, el Madrid jugó ayer  aproximándose más a lo que la identidad de sus jugadores pide. No hay juego más sincero que este, y más práctico, si se desarrolla en casi todas sus formas. Fue una sensación saludable para la vista y para la activación de la competición. Ir de cara es lo que hace crecer a los equipos.

El Barcelona comenzó desactivado y en la segunda mitad, esa ya acentuada inacción, le pudo haber costado la eliminatoria. Y podía no haber sido injusto. El Madrid realizó una gran presión sobre la salida del balón del Barça que, además, cuando había conseguido sacar el balón de su defensa veía como algún delantero del Madrid se añadía al medio campo para crear una línea de cinco que atormentó a Xavi en muchos momentos del partido. Por diversos motivos, al Barcelona le faltó la chispa con la que al darle velocidad al balón suele salirse de esos fregados. Y, sin embargo, en los últimos veinte minutos de la primera parte demostró, en una sucesión de acciones de trámite, el valor superior de saber aguantar la pelota bajo esa tormenta intensísima. Pero la llama solo asomó a chispazos, aunque la suerte les dejó con dos arriba.

Este Madrid destaca por sus jugadores ofensivos. Potentes, rápidos y con una buena dosis de calidad. Higuaín, Cristiano, Benzema y Kaká, salvo aquellos pequeños matices que moldean sus cualidades, muestran un patrón similar en esas arrancadas. El cerebro es el que finalmente tamiza el gesto que concreta sus acciones. Así se puede explicar la definición del delantero francés en el día de ayer: una de las jugadas ilusionantes de la noche, que no debería enmascarar la dosis de amargura por no indagar en la perfección de ese escenario. Ayer el Madrid salío a jugar en el Teatro Real, otras veces lo hace en un callejón por el que ni los transeúntes pasan.

El Barcelona se quedó a medio camino de las taquillas. A veces uno no tiene ganas de nada. Hace dos años, el Sevilla, en fechas similares, apeaba de la competición a un Barcelona que finalmente se llevó la Liga, diciendo adiós también a la Champions. Curiosamente, ese fue el año en el que Iniesta sufrió personal y físicamente diversos achaques. Ayer salió del campo y con él buena parte del sostén diferenciador de un equipo único en la historia. Pero el cuento continuaba. Con Xavi saliendo cuando podía de la madeja que lo aprisionaba, Messi aceleró e, incongruentemente, por eso es el mejor, a esa velocidad echó el ojo a Pedro. Cuando todos ya habían caído en la trampa, el argentino mostró otra de las cartas que este equipo parece esconder. A falta de no poder igual en físico lo hizo en fútbol, que en un supuesto empate –porque, ¿a qué estamos jugando?- siempre gana.

En cuanto a eso, a juego, el Madrid no ha mejorado mucho respecto al año anterior. Tal vez en éste gane algún título más, tal vez no. A día de hoy sólo ha igualado los buenos momentos del año pasado. Y no son pocos, pero tampoco suficientes. Así, el mayor error sería engañarse, o no, pensando en que ayer fue un día cualquiera.

Sucumbir en cuanto las situaciones –el estado del máximo rival- parecen crónicas, ese es el siguiente paso al momento álgido de todo gran equipo. Cuando el Madrid (inmerso en sus contradicciones) parecía no poder enfrentar al Barça fue cuando más daño le hizo. Lamentablemente, nunca se está a salvo de nada, solo cuando has terminado.

26
ene 2012
SECCIÓN Deportes
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