
Nada más lejos de mi intención que el crear polémica, pero es que el tema lleva dándome vueltas en la cabeza desde hace ya varios días y tenía que soltarlo. Supongo que todos habéis seguido estos días las informaciones del asesinato a tiros en Sevilla de ese pobre hombre que tuvo la mala suerte de cruzarse con una panda de salvajes. Todavía no me entra en la cabeza que puedan pasar cosas así.
Por si alguno ha estado viviendo en una cueva los últimos días, adjunto un enlace a la noticia.
El asunto ha vuelto a mi mente hoy al leer que la niña que fue atropellada ya ha sido dada de alta. Según el médico que la ha atendido, la pequeña sólo tenía algún golpe y erosiones. Por lo demás estaba perfecta. Eso me ha hecho plantearme lo que pensará la familia de Gaspar G. al enterarse de esta misma información. La policía ya ha detenido a varios de los familiares de la pequeña atropellada, pero el padre, al que se considera el principal responsable del asesinato, todavía sigue desaparecido.
En las primeras informaciones no se llegó a decir en ningún momento que los asesinos eran de etnia gitana. Ni falta que hace, añadiría yo. No quiero pecar de racista y sé que tampoco debería generalizar, pero este tipo de cosas están inevitablemente ligadas a esa raza. Algunos recordarán un hecho semejante que ocurrió hace unos años en Valencia: un camionero atropelló haciendo marcha atrás a un niño. El hombre bajó del camión y la familia del pequeño lo acuchilló hasta matarlo. Supongo que ninguno de ellos pensó que quizá deberían haber dirigido su ira hacia la persona responsable de que un bebé estuviese por la calle en lugar de estar en casa a buen recaudo.
Tal vez si ese camionero, o el pobre hombre de Sevilla, hubiesen hecho lo mismo que el infame Farruquito hoy todavía estarían vivos. Atropellar y huir. A Farruquito se le consideró un mártir, acusado injustamente por los medios por el simple hecho de ser gitano y de ser “famoso”. Pero Farruquito está vivo. No sólo eso, sino que ni siquiera va a pisar la cárcel. A él le ha juzgado la ley de una sociedad más o menos justa, incluso demasiado permisiva. A Gaspar G. le juzgaron en cuestión de segundos. Le consideraron culpable y le sentenciaron a muerte: once disparos, nueve impactaron en su cuerpo, cinco de ellos en la cabeza.
Tengo la mala suerte de haber estudiado en una ciudad con una amplia población gitana y todas mis experiencias han sido negativas: me han atracado en una ocasión, lo han intentado en varias más, me han amenazado… ¿Integración? Estoy convencido de que es posible, pero depende más de ellos que de nosotros. Mientras sigan haciendo caso omiso de las leyes y del comportamiento cívico, aplicando la justicia por su mano y viviendo anclados en unas tradiciones arcaicas, me temo que habrá poco que hacer.






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