
No, hombres y mujeres no somos iguales. Aunque yo no soy sociólogo, ni mucho menos, hay dos máximas que parecen irrefutables y que me han sido transmitidas por mi entorno como verdades absolutas y pilares del universo. Una de ellas la esgrime mi novia: “todos los hombres son unos babosos”. La otra, Víctor, colega y redactor de esta web: “están todas locas”. De la segunda estoy firmemente convencido desde hace mucho tiempo (ahora es cuando se van de la página todas las lectoras que tenemos) y de la primera no es que esté convencido, es que ésa sí es una verdad que nosotros no podemos negar. Para muestra, un botón…
Os cuento: salía ayer de casa a las 8:45 de la mañana para ir a coger el metro que me lleva a diario al trabajo. Al girar una esquina vi a lo lejos a una chica que iba en mi misma dirección. El escáner se activó inmediatamente: rubia, alta, buen tipo… nota provisional: notable alto. Seguí caminando hacia la estación sin preocuparme más de la rubia.
Cuando llegué vi que ella venía andando por mi mismo andén. A medida que iba andando, en el andén de enfrente, muy concurrido, todas las miradas masculinas la iban siguiendo. El escáner volvió a activarse: rubia, pelo largo, muy alta, tipazo, buenas curvas, bien vestida, entre 20 y 25 años… nota provisional: sobresaliente. La chica entró a la estación, canceló su billete y volvió a salir. El metro llegaba ya, para desesperación de la testosterona del andén de enfrente.
La rubia se situó a mi lado para entrar al tren por la misma puerta que yo. Vistazo disimulado, como quien mira la hora en un ascensor: guapa, muy guapa, piel morena, ligeramente maquillada, ojos oscuros y apenas un poco más baja que yo. Nota definitiva: matrícula de honor. En resumen, una de esas chicas que no existen. De ésas de los anuncios y las series juveniles. Imposiblemente guapas, imposiblemente perfectas. De ésas que uno imagina que ni comen, ni mean, ni se ponen enfermas.
En ese momento se abre la puerta y sale de ella un chico más o menos de mi edad, al ver al monumento descrito se queda parado un segundo. Cuando consigue reaccionar baja del metro sin quitarle ojo y después se gira y se quita las gafas de sol para contemplar la retaguardia (de 10 también, por cierto). A mí me entra la risa y el otro chico me mira con complicidad.
En ese momento, mientras subía al tren y se cerraban las puertas, las palabras de mi novia me vienen la cabeza: “sois todos unos babosos”. Pues sí, qué le vamos a hacer… ¡pero vosotras estáis todas locas! Menos la rubia, claro (ahora es cuando se van las pocas lectoras que antes se han quedado).
(Artículo dedicado a la memoria de los pasillos de la facultad de Ciencias Sociales y Jurídicas de la Universidad Cardenal Herrera - CEU y a tantas tardes al sol con los mejores colegas que uno puede tener).







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