Casi trescientas noches

José Ángel de la Casa

Cuando tienes siete años, cenar en un restaurante con tus padres y tu hermano, es algo que se sale de lo habitual. Son esas cosas que recuerdas de cuando eras niño. Te vestía tu madre, al igual que a tu hermano, y además con ropa muy parecida, o idéntica. Fueron muchas las veces que mis padres nos llevaron a cenar o a comer por ahí. Uno puede tener recuerdos difusos de alguna, pero la mayoría se pierden en el tiempo. De esas noches, La del 22 de junio de 1986, es la que ha quedado grabada en mi memoria.

No fue la noche en que disfrutamos más la cena, todo lo contrario, teníamos prisa. Aunque mi madre no tanta. Pero era especial, porque tras el postre llegaba el plato del día. A las once de la noche, en España, muchas veces no se ha llegado ni al segundo plato. Pero es que ese día, en México, eran las cuatro de la tarde, y España se jugaba frente a Bélgica el pase a las semifinales del Mundial 86.

Así que mi padre se afanó más que nosotros. Casi sin mirar la cuenta dejó el dinero en el platito de una de las mesas de Cana Ribas y corrimos los cuatro hacia casa para poder llegar a ver los himnos en aquella vieja y gigante caja de madera.

Esa fue de las primeras veces que vi el césped iluminado con esa luz que sólo llega a través de satélite, desde ultramar, como si el contraste del televisor estuviera mal regulado. Y con un eco lejano para acercarnos un poco a Puebla, José Ángel de la Casa, en una de sus serias, pero que por los escenarios que tuvo la suerte de pisar, siempre serán agónicas narraciones.

Aquel día aprendí muchas cosas: ese pesado lastre que arrastramos, lo que es una prórroga, el júbilo del gol casi in extremis obra de Señor y la desolación de la tanda de penaltis. Pero fue años después cuando me di cuenta de lo largos que pueden ser cuatro años. Por eso, me pregunto cuán largas habrán sido esas casi trescientas cenas que ha estado fuera de casa, sin su mujer y sus hijos, José Ángel de la Casa. Ironía la de su apellido.

Ha sido el narrador de la leyenda más grande. Algunos de los minutos o décimas más intensas llevan su voz grabada ya para todo un país. Y se va. No porque lo deje, sino porque las cosas han cambiado y Televisión Española está perdiendo la cobertura de las citas más importantes. Como la de aquel domingo 22 de junio que me tiene todavía hoy sentado en el mismo sofá marrón en forma de ele. Y enfrente, en aquella grande y vieja caja de madera, la misma barrera insalvable para España. Quién sabe si De la Casa se ha levantado, para que quitemos el pause de aquellos segundos memorables, que la lágrima congelada por fin caiga y la leyenda pueda cambiar el rumbo después de casi trescientas noches.

04
abr 2007
SECCIÓN Deportes
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