Contracultural

¿Cuándo uno sabe si un jugador es válido para el Barcelona? Si quisiéramos perdernos en una disertación selvática, hay tinta y papel para rato, pero podemos simplificarlo para que los fieles detractores del supuesto y osado poseedor de la claridad utópica se regocijen en su espacio reservado. Vamos a darles de comer; siempre se queda alguien con hambre. Sin el requerimiento de que sea un virtuoso del balón, para ser un digno portador de la camiseta blaugrana, la pelota debería pasar por los píes del ojeado sin que en la mayoría de las ocasiones la progresión del juego se viera mermada.

Abrimos bocas. Y en este caso, aunque absurdo, es de perogrullo decir que cuanto más cerca del medio campo juegue el observado más incidencia tendrá el efectivo cumplimiento del anterior mandamiento. Dinamismo y profundidad en un sentido eminentemente práctico y paradójicamente vistoso.

Todos estos adjetivos vienen muy bien para clarificar el estilo dentro de lo que actualmente se consideraría aplicable y ciertamente conveniente. Sin embargo, no está de más que volvamos atrás, anteriormente, más allá de un puñado de reglones. Unas cuantas conferencias de prensa atrás, Marcelo Bielsa dijo contracultural. En su alabanza genéricamente entendida, el rosarino pertrechaba la crítica, después concretada, de que el público no justificaba el seguimiento hacia ese equipo por los éxitos y que incluso había interiorizado como efectivo, visual y reconfortante que la pelota viajara hacia atrás para que pudiera ir luego mejor hacia delante. Sin duda, algo totalmente contrario a los estatutos primarios del método de Bielsa.

Espigado como pocos, Uri (Oriol Busquets Mas, 20/1/1999) lleva todo el fútbol en la cabeza sin que, con sólo 12 años, parezca que tenga que recorrer tanto para que llegue a su pies. Es más alto que cualquiera, incluso que algunos de esos niños negros que juegan con y contra él y que muestran una potencia inusitada a tan corta edad. Sin razonarlo demasiado, algunos dirán que gracias a su físico consigue sacar ventaja frente a los que todavía no lo han desarrollado. Relativamente. Por el contrario, habrá quien refute acotando que, si bien tiene una gran presencia, no ha desarrollado la explosión con la que aceleran otros infantiles. Divagaciones, de todas maneras, en las que Uri no habrá perdido ni un segundo. Él, como deberían hacer la mayoría de niños, juega como lo siente. Y tampoco sabrá que ese sentimiento es contracultural, ni lo que significa esa catalogación que futbolísticamente hablando nos hace tan felices cuando la vemos reflejada.

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