[Crítica] El tren de las 3:10

En 1992, Clint Eastwood nos regaló Sin perdón, una fantástica película que marcaba el regreso a un género abandonado desde hacía décadas: el western. El año pasado, James Mangold (Inocencia interrumpida) hizo lo mismo con una nueva versión de una vieja historia de Elmore Leonard: 3:10 to Yuma, traducida en España como El tren de las 3:10. La película, que nos llega con un año de retraso respecto a Estados Unidos, enfrenta en un espectacular duelo interpretativo a dos de los mejores actores del panorama actual: Russel Crowe y Christian Bale.

Dan Evans (Bale) es un ranchero de Arizona con deudas de más y una pierna de menos. Un día, su vida se cruza con la de Ben Wade (Crowe), un temido bandolero que tiene en jaque a la compañía del ferrocarril. Los dos hombres se conocen cuando la banda de Wade utiliza las reses de Dan para atracar una diligencia que transporta una gran cantidad de dinero. Él y sus hombres van al pueblo de Bisbee para celebrarlo y Wade acaba siendo capturado por el sheriff local con la ayuda de Dan.

El representante territorial del ferrocarril, el señor Butterfield (Dallas Roberts), decide llevar a Wade a la ciudad de Contention para meterlo en el tren que va a la prisión de Yuma y Dan se ofrece a ir con él por 200 dólares. En el viaje le acompañan el propio Butterfield, un viejo cazarrecompensas (Peter Fonda), el veterinario del pueblo (Alan Tudyk) y Tucker (Kevin Durand), un matón con el que Evans tiene cuentas pendientes. Mientras este variopinto grupo trata de llegar a la estación de tren, la banda de Wade, liderada por su hombre de confianza, Charlie Prince (Ben Foster) tratará de liberar a su jefe.

En cierto modo se podría decir que la película se sostiene principalmente por ese duelo del que hemos hablado antes entre Bale y Crowe. El personaje interpretado por el neozelandés es muy complejo y un auténtico regalo para cualquier actor de nivel. Es un bandolero despiado, capaz de eliminar a sus propios hombres, pero al mismo tiempo tiene una curiosa escala de valores. Aparte de eso, es un hombre educado y encantador, con cierto gusto artístico y un innegable atractivo personal. Por su parte, el personaje de Bale intenta ser un buen esposo y un buen padre, pero en realidad se siente como un perdedor, un tullido despreciado por su mujer y por su hijo mayor, William. Llevar a Wade ante la justicia no es sólo una forma de aliviar sus deudas, sino también de demostrarse a sí mismo y a los demás que no es un inútil.

Aparte de sus dos actores principales, la película se sostiene en un ritmo más que adecuado, que combina secuencias de acción, huídas y tiroteos con profundas conversaciones que nos van revelado aspectos ocultos de los personajes. Si hay que achacarle algún defecto es que se deja muy de lado a los personajes secundarios para centrar el protagonismo en Wade, Evans y William. No es que eso sea malo, pero al final uno no sabe muy bien para qué aparecen entonces en la película los demás.

El tren de las 3:10 ofrece además un buen retrato de la sociedad de la época, que tantas veces hemos visto reflejada en las películas (otra cosa es que ese reflejo haya sido fiel). Ya sabéis, pueblos pequeños levantados en mitad del desierto, bandoleros, indios, tiroteos cada dos por tres, hombres duros e íntegros tratando de sobrevivir, etc. Vamos, un western en toda regla en el que lo más sorprendente es que ninguno de los dos héroes sea exactamente lo que estamos acostumbrados a ver.

En definitiva, una película muy recomendable que es una pena que haya tardado tanto en llegar a nuestras pantallas. Echadle un vistazo si tenéis oportunidad.

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