Cuando Alemania volvió a jugar

El fútbol va adquiriendo enfervorecidos adeptos cada segundo que pasa. Desde pequeño, cualquiera se puede enamorar simplemente del juego, pero también de todo el universo balompédico que, sin duda, tiene diferentes puntos de atención en el mapa mental que desplegamos para analizar la actualidad. Para los viejos adeptos, habría que recurrir a un libro de gráficas donde se mostrara la evolución. Para los nuevos, la realidad es ésta y desde aquí todo empezará a cambiar.

Porque ni España es hoy lo que era, y aunque Alemania sí lo fue, viajó durante bastante tiempo en la nada, en un fútbol de sustancia cero.

Moritz Leitner (Munich, 8/12/1992) se ha preocupado por llevar de cabeza a la defensa de la Sub-19 de Macedonia durante toda la tarde. Con el diez a la espalda y escorado a la derecha, este fino centrocampista puede recordar a cualquier jugador de clase del panorama mundial, pero muy poco a las apariciones de la Alemania que van desde 1991 a 2006.

Leitner, un nuevo talento alemán

Lo que sucedió en aquel periodo en la Mannschaft se venía cocinando desde mucho antes: un error a fuego lento que dejaría un olor duradero.

Oda al físico.

Mario Gómez (Riedlingen, 10/7/1985) representa como nadie un ideal de futbolista alemán: gran físico, vencedor en cualquier batalla de choque y una exuberancia que le permite tener a los rivales a una distancia ventajosa. Futbolista resultado de una búsqueda obsesiva, de una búsqueda en la confusión del que se cree que sólo hay una verdad.

Mario Gómez en un encuentro internacional

Alemania se hizo mayor, futbolísticamente, en la década de los setenta, con algunos de los mejores jugadores que había en Europa en aquel momento: Beckenbauer, Netzer, Overath, Gerd Müller o Grabowski. Muchos de ellos con una relación especial con el balón, además de la buena prestancia física que siempre ha tenido todo deportista alemán.

Pero ese orden convincente se invirtió en unos pocos años. Tras la retirada de estos futbolistas, el equipo alemán siguió decorando su palmarés con victorias, gracias a la herencia de equipo abusivamente ganador y a la aparición de otros jugadores competitivos. Pero el perfil ya era otro.

Alemania se había convertido en un equipo temido que no enamoraba; una selección respetada sin ese aire narcotizante que había envuelto a los jóvenes aficionados en los setenta.

Por alguna razón, que puede ir más allá del fútbol, a los germanos no les vino muy bien ganar tanto. Las conclusiones que se sacaron no fueron las idóneas, y esa tendencia a la exuberancia física, sostenida en el orgullo alemán, dio la espalda a la única verdad: se suele ganar cuando se tienen buenos futbolistas.

Primero fueron brillantes jugadores. Después aparecieron buenos futbolistas de grandes condiciones físicas. Y al final, esos futbolistas habrían estado mucho más cómodos en cualquier instalación deportiva que no hubiera sido una con césped de 107 por 72.

Y esa incomodidad que transmitían las caras de los jugadores de las selecciones inferiores alemanas a mitad de los noventa fueron el preludio de la intrascendencia, algo temido para una  selección y nación tan orgullosas.

El futbolista olvidado.

A Diego Lugano se le vino un tren de mercancías cuando perdió el control del balón y Mario Gómez se lanzó sobre él (Alemania-Uruguay, 29/5/2011). Los teutones no suelen desaprovechar regalos y el fornido delantero del Bayern definió con cierta habilidad, lejos de lo que su físico podría decir.

Para compensar  esa demostración de plenitud física, André Schürrle (Ludwigshafen, 6/11/1990) hace el segundo con un toque de interior, con rosca, al que no puede llegar Muslera. Un gesto de gran clase de una de las últimas apariciones, que ya son unas cuantas, de los futbolistas que había parecido olvidar Alemania.

Schürrle, con la camiseta del Mainz, trata de marcharse

En el Mundial 2002, Alemania logra alcanzar la final con un equipo que habla un idioma muy diferente al de su rival: Brasil. La ausencia de los que se preveía como claros candidatos (Francia y Argentina) permite llegar hasta tan altas instancias a un equipo que, por lo menos, asegura vena competitiva. Pero poco más. La intrascendencia de años anteriores se cierne de nuevo sobre el equipo, que no llega a pasar la primera fase de la Eurocopa de Portugal 2004.

Hace falta alguien que origine un cambio. Y se busca un motivo.

Klinsmann y el Mundial 2006.

Alemania no organizaba una gran cita futbolística desde la Eurocopa de 1988, y vistos los antecedentes cercanos, en algún sector de los aficionados había miedo a que el equipo nacional no diera la talla. Para intentar que esto no sucediese, la federación decidió contratar como técnico a Jürgen Klinsmann, uno de los delanteros más mediáticos que ha dado el fútbol alemán.

Ante la inminente cita, Klinsmann no podía hacer milagros, pero enseguida detectó que hacían falta cambios.

Tras el éxito de España en el último Mundial de Sudáfrica, el seleccionador Vicente Del Bosque, siempre comedido, no tuvo reparos en comentar que gente de la federación alemana había viajado a Las Rozas en los últimos tiempos para ver como se estaba trabajando desde La Fábrica de nuestro fútbol.

España y alguno de sus clubes llevan años indagando en una idea, a grandes rasgos,  con el balón como referencia y la velocidad en la circulación. Alemania, por el contrario, se venía caracterizando por ser un equipo espeso, muy previsible y lento de ideas.

Así que Klinsmann inició un giro. A falta de futbolistas de jerarquía con el balón, le cambió la identidad al equipo: le hizo jugar unos metros  más arriba, con más intensidad ofensiva y, debido a la ausencia de jugadores con manejo, dotó de velocidad a las acciones de ataque (con más hombres y muy verticales). La sorprende atención de unos aficionados hambrientos de emociones hizo lo demás. Alemania, una vez más, alcanzó una semifinal, pero esta vez el equipo desprendía un olor diferente.

Desde entonces, y ya han pasado cinco años, la ganadora de tres mundiales  ya sabe que va a jugar a otra cosa. Los clubes de la Bundesliga tienen  cada vez más jóvenes salidos desde abajo que traen consigo una cultura basada en un trato especial de la pelota. Da igual si tienen la presencia de Thomas Müller (Weilheim, 13/9/1989) o la menuda estampa del hábil Holtby (Erkelenz, 18/9/1989), su fútbol  no es sinónimo de tedio y sí un ansiado reclamo para abrir los ojos de los aficionados.

Y no hay que olvidar que el motor que inicia esa conexión son las federaciones y los clubes, y estos últimos tampoco hicieron mucho por el sostén del entretenimiento que gira alrededor del balón. Han vivido en la mediocridad durante años, como en otros países, fichando medianías del extranjero que, en la mayoría de los casos, no han aportado más de la media.

Es inevitable, nadie puede desdeñar su identidad, pero la esencia de este juego es muy concreta y gira alrededor de un objeto que puede tener muchos o pocos secretos, que, si no quieres descubrir, pueden ser el comienzo de una travesía en el desierto.

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