Cuando ya no quede nadie

¿Cuánto daño provoca una derrota? Antes de responder habría que alejarse irremediablemente del dolor momentáneo. Con las heridas recién abiertas, y la rabia y los sentimientos visibles, cuesta atinar para ponerse una venda, así que el dramatismo del momento no puede ser la raíz de lo que construiremos después, porque es posible que ya no nos haga tan felices como lo que nos trajo hasta aquí.

Hace unos días, Xavi hablaba para Canal Plus del futbolista español. Se refería a esa especie de habilidoso centrocampista, ágil en el pase y conocedor del juego entre líneas. Sin  gran presencia física, pero con enorme presencia futbolística. Poseedor de toda una  serie de rasgos que no fruncen el ceño del lector, sino que dejan escapar una sonrisa cuando visualizan cualquier acción de ese futbolista y como se cierra su obra en el marco que son los 90 minutos de un partido.

Sin ese jugador no se puede explicar como hemos llegado hasta aquí y cómo nos sentiremos cuando ya no quede nadie en la competición. Se le podrá exigir que hubiese estado más acertado en el pase, más atrevido al profundizar, pero ya sabemos desde muy adentro que esa sensación de que algo puede ocurrir, aunque quede poco tiempo, es gracias a ese talento que adquiere diferentes formas cuando sabe que tiene la responsabilidad y se siente cómodo con ella. Es la forma de intentarlo lo que hace feliz a muchos, y puede que sea reconfortante para otros que así se pueda llegar a donde sea, incluso hasta el confín de la frialdad de los números. Porque la felicidad no asegura nada, pero saber cómo uno puede llegar a alcanzarla es llevar un trecho de ventaja.

 

Hace algo menos de tres años, España caía en las semifinales de Copa Confederaciones frente a Estados Unidos (0-2) y cerraba así su primera participación en la competición. Hasta ese momento, el equipo de Vicente del Bosque contaba sus partidos por victorias y seguía con su plan previsto de acercase al área rival cuidando la posesión de pelota. Aquel día España se cruzó con un equipo muy junto e intenso en la recuperación, y en la salida a la contra, aunque lo hiciera desde un repliegue casi siempre en su propio campo. Para que se diera tal desenlace, España, siempre con una trabajada circulación de pelota, marró innumerables llegadas al área y los goles norteamericanos se produjeron tras rebotes o situaciones accidentadas en las acciones a la contra. Algo infrecuente, pero más habitual de lo que creemos frente a equipos del calado del español. Y este es sólo un ejemplo de la realidad de un juego en el que da la sensación de que los mejores suelen ganar, pero los que nos hacen felices juegan cada día en nuestro recuerdo. Como decir que hay situaciones y hay momentos.

 

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