Dos semanas después…

Por si las moscas, valía la pena esperar quince días para hacer una valoración de lo sucedido. Algunos nos llaman osados, pero estar horas y horas viendo y olfateando te permiten tener una perspectiva a la que, como mínimo, uno ha de ser fiel, aunque nadie esté eximido de equivocarse.

José Campaña, sí, el primero, porque ha jugado una final mayúscula; porque ha dado un paso al frente; y porque a él, el veterano y principal responsable de salvaguardar el estilo, y a nadie más cabe el honor que servir de enlace con lo que ha pasado y lo que sucedió hace dos semanas.

Unas horas antes del 1 de julio, Xavi se sinceraba ante la gente con aquellas palabras en las que reconocía no haberse sentido lo suficientemente determinante en el torneo que venía disputando. Unas palabras que evidencian un anhelo pero que no pueden esconder la crítica sobre su figura. La noche de la final, irónica y proféticamente, fue finalmente decisivo con el gran pase a Jordi Alba en el gol que rompió el partido y marcó una distancia prácticamente insalvable.

Contextualizado el asunto, cabe reseñar que Xavi, con una regularidad casi insuperable, es decisivo en el juego, pero en su misión no lo debe ser tanto en el resultado, aunque de vez en cuando se agradezca su aportación al mismo.

Dando un salto de nuevo de quince días, Campaña, con otro físico, pero con una cabeza hecha para esa zona del campo, se ha encontrado hoy en una situación similar.

El sevillano no ha tenido cien micrófonos que le preguntaran por su hipotéticamente discreto paso en el torneo, ni una crítica severa que se haya cebado con sus actuaciones, pero no estaría uno muy alejado si pensara que él mismo ha entendido que en la final tocaba dar un paso al frente. Con esto, no hará falta añadir que ha dado decenas de pases correctos; que ha mantenido la frialdad que le caracteriza; y que se ha acercado al área con peligro unas cuantas veces. No es fácil destacar así, teniendo a Deulofeu y Jesé en tu equipo.

Campaña y Xavi, dos jugadores programados para lo mismo en cápsulas diferentes, pero con directrices no tan alejadas. Y no cabe alargar más esta comparación si recordamos como ha girado Oliver Torres una y otra vez sobre sus rivales: con ese tobillo, quién sabe si uno de los más elásticos del fútbol español.

Porque no se trata de hacer comparaciones. La pausa y el recorrido cerebral (algunos pensarán que poco pasional) de la absoluta en la pasada Eurocopa, no son semejantes a nada que uno haya observado antes. Esa capacidad de control está fuera de toda época y deja de “pertener” a nadie para ser universal.

Sí, y es norma de la casa que los chicos traten de atender a la competición con unas armas similares, y se buscan en diferentes reductos que haya ejemplares similares, pero ese control sosegado es resultado de la suma del talento más la madurez, y no se le puede exigir a chicos en edad de mostrarse que sean esquivos ante sus impulsos, aunque nos encontremos casos excepcionales como el de Campaña.

Y volvemos al porqué de la espera, que es el triunfo de una idea, desde el talento, desde la pelota, y que se resume ya, como nunca, en estas dos semanas que van de Kiev a Tallin.

A veces una intuición vale más que cualquier triunfo, pero esto último luce más a la hora de encuadernar una historia. España pasó de no ganar nada a ganar de una manera especial, con cuidado y con el alma más pura de sus jugadores. Volvió a ganar y ya no fue casualidad. Y cuando lo hizo de nuevo, obligó ya sí a lo demás a mirar detenidamente de qué modo.

Aquel que no haya sentido nada especial, sea de donde sea, por el recorrido de España en Polonia y Ucrania, habrá perdido una oportunidad perfecta para entender si había que hacerlo en estas dos últimas semanas en Estonia, dos después de la gran cita continental.

España ha ganado el Europeo Sub-19 con el equipo más joven del campeonato, revalidando el título del año anterior y con un puñado de chicos con un don especial con el balón. Los hay anárquicos y otros más solidarios, y asociativos, pero todos y cada uno de ellos entienden porque están ahí, y esa compresión de cada uno en la manera de actuar de su compañero, muy por encima de la recriminación, les ha elevado a este rango, algo mayor de lo que supone una victoria.

No se puede explicar el triunfo de hace dos semanas sin el de hace unas pocas horas. Mientras el aficionado medio se siga empapando de la esquizofrenia que se vive en un Mundial o una Eurocopa, verá a un equipo que llegó a la final después de eliminar a otro en los penaltis y seguirá sin entender, tristemente, que todo fluye desde una idea mejor que muchas, porque toma forma desde la espontaneidad. ¿Cuál es la primera decisión que toma un niño cuando controla por primera vez un balón con los pies?

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