El ascenso del mediocentro, en paralelo

Su ventaja primaria es un control superior del espacio, unido a ese manejo natural del balón. Dos virtudes que son más visuales en Oliver Torres (Navalmoral de la Mata, 10/11/1994). La potencia se expone con rotundidad en el incansable ajetreo de José Rodríguez (Villajoyosa, 16/12/1994), aunque la resistencia para realizar esa función es también virtud de ambos.

Oliver llegó de Extremadura; José fue reclutado del Hércules de Alicante. En el Atlético de Madrid y en el Real Madrid tienen muchas esperanzas en que, a no mucho tardar, se conviertan en los ejes desde los que se pueda anclar su fútbol. Y aunque ya es tarea ardua que sea así, cada uno, en su equipo, necesitará un José Rodríguez o un Oliver Torres que se acople para formar ese eslabón organizativo que permita aspirar a grandes cotas.

De momento, la Selección, que ha tardado (Oliver) o está tardando en reconocerlo (José), es el único escenario factible para beneficiarse de este binomio que individualmente asciende en paralelo.

En marzo de 2011, Bélgica recibía a la Selección Sub-17 de los nacidos en 1994. Hasta cuatro mediocentros había en aquella lista en la que no estaban los nombres del atlético y del madridista. José Rodríguez ya había contado en una ronda previa disputada en su provincia natal. Para Oliver Torres, que en muchas ocasiones se le había medido por su, aparentemente, físico frágil más que por su fútbol, su confirmación llegó a partir de los entrenamientos con Julen Lopetegui en el otoño de 2011.

José Rodríguez todavía no la ha recibido. En cuanto lo haga, no se bajará de ese tren. El rendimiento que se le ha podido ver en todos los partidos de pretemporada del Castilla es una publicidad demasiado evidente.

Presencia, control y potencia. Se hace ver. Se muestra indistintamente de derecha a izquierda. Si recibe mirando a sus defensas, puede descargar de primera, ya sea de diestra, su pierna, o de zurda de forma precisa. Si se gira, lo hace en un solo gesto, con precisión y verificando ese magnífico control de la pelota.

Es incansable. A sus 17 años no escatima en la presión, incluso frente a rivales de gran veteranía a los que supera por arrebato y fuerza. Si roba, lo que sucede en un gran porcentaje de esas acciones, le da una salida rápida y precisa al juego. Puede jugar en largo o en corto, o puede arrancar en eslalon y quién sabe si un día hará un gol de esos…

Entusiasmo, querencia y generosidad. Para los que conocen a Oliver Torres, su forma de correr en el campo no sorprende. Es transparente y se desenvuelve como un entusiasta del juego. Siempre erguido, de gesto vivo, no hace falta una sonrisa suya para ver que no conoce un hábitat más natural que ese. Porque siempre quiere la pelota. Para tocar de aquí hacia allí; para hacerlo de primeras; o tras tres toques sutiles. Pisándola, amasándola. Él siempre, con su ofrecimiento continuo, es el alma generosa para el equipo. Porque el esfuerzo nunca reniega de ese apelativo, pero el talento que lo asume sin resquemor eleva esencialmente al conjunto. Y aunque sabemos que siempre tiene rivales alrededor, es una pluma que flota libre por su espacio.

De alguna forma, y en contradicción a todo lo anterior, uno espera que en algún momento se salgan del cuadrado donde todas las virtudes se administran por el bien del equipo. Porque no viven cerca área, ni persiguen esa gloria individual, aunque su técnica y el despliegue primario de la misma colisionen con el instinto de buscar la portería. Como aquellos otros talentos españoles del medio campo, que solo se han salido del cuadro en situaciones de lesa necesidad. Sí, los dos forman parte de ese grupo.

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