El fútbol era tan suyo

Uruguay 1924

No hay nadie como los equipos sudamericanos para poner sobre el tapete todas las artimañas necesarias que representan una lucha de barrio. El objetivo, maniatar al rival. Cada miembro del equipo tiene la lección aprendida y no ceder ninguna ventaja se convierte en una lucha encarnizada. Los movimientos tácticos y la sincronización del equipo se borraron del polvo del potrero. Como en la vida, ganar es sobrevivir.

Si nos imagináramos un cartel del perfil de un jugador prototípico de este estilo, el uruguayo Diego Pérez nos quedaría muy bien con una zamarra celeste de los años 30, anunciado que el domingo hay partido.

Es difícil discutir, y hasta consideraría injusto hablar mal de la forma de entender el juego en el Río de la Plata, seguramente porque nadie como ellos lo ha hecho tan suyo. Pero no sería menoscabo de su esencia pasear un poco por su pasado, y encontrarnos en el punto en el que Uruguay vuelve a jugar unos cuartos de final de un Mundial 40 años después.


Las razones por las que un país tan pequeño se hizo tan pronto dueño y señor de muchas de las artes que a partir del balón se pueden manejar parten desde sus propias limitaciones. Montevideo, al igual que Buenos Aires, eran a comienzos del siglo XX dos de los puntos de llegada inmigrantes de diferentes culturas más importantes del mundo. Si nos paramos a pensar lo que todavía suponen hoy los flujos de llegada de personas de otros países, podemos concebir que el choque de culturas cien años atrás era aún más evidente.

Lo que en esos lugares se dio fueron verdaderas aglomeraciones de personas que abandonaban sus lugares de origen a miles de kilómetros para poder sobrevivir apostando por un cambio de suerte. Y llegaban a un lugar donde el desarraigo era patente y la conciencia de nación se estaba formando. Por lo tanto era necesario buscar de forma abstracta un lugar donde todos pudieran cobijarse, y poder encontrar una identificación común. Y, claro, no fue sólo uno, pero el fútbol era ya el juego de moda que habían inventado los ingleses y que por su emoción se propagaba como la pólvora.

No es demasiado suponer que aquellas tardes de añoranza en los albores de siglo XX, en los arrabales de Montevideo, fueran menos sentidas con un balón que empañara las penas. Y tampoco sería extraño conjeturar que, por el origen humilde de muchas de esas personas, en pocos días las diferentes tretas y trucos con el balón fueran incrementándose.

En un lugar tan pequeño como Montevideo o Uruguay -y más si cabe si lo comparamos con Buenos Aires y el infinito latifundio argentino- las comunicaciones eran mucho más rápidas, y alcanzar un entendimiento, más simple. De ahí que formar un equipo competitivo y en el que todos los uruguayos se identificaran fuera más fácil. Y así se lo hicieron saber al mundo.

Uruguay copó todos los grandes éxitos futbolísticos en la década de los veinte y a comienzos de los treinta. E incluso sus equipos, seguidos también por otros de la orilla de enfrente del Río de la Plata, iniciaron largas giras alrededor de Europa. Y no sería descabellado decir que algunos de los primeros inmigrantes de ida y vuelta fueran uruguayos, y para más señas, futbolistas.

Cuando en Europa ya llevaban un par de décadas preguntándose como habían podido alcanzar al otro lado del mundo una interpretación genial del juego tan criolla, Uruguay había dejado desolada a toda una inmensa nación con la consecución de su segundo título mundial. Parecía que nadie les pudiese parar.

Y así fue, porque las que hasta ese momento habían sido sus virtudes se convirtieron en trabas. Las armas futbolísticas de Uruguay eran ya, de otra forma calibradas, las de otros grandes equipos, que tenían más donde elegir y sabían cómo –las comunicaciones no eran las de treinta años atrás-.

Uruguay siguió asomando de vez en cuando en las grandes citas, en muchas ocasiones gracias al respeto que provocaba el color celeste, pero la grandeza ya era para otros.

La garra charrúa, esa arma de más que, sobre todo en Sudamérica, siguen ensalzando cuando el equipo uruguayo es rival de otras selecciones del continente, se ha convertido en una etiqueta similar a la de la furia española: uno no sabe si es un beneficio o un perjuicio.

Es complicado luchar contra la lógica que marca la realidad demográfica del país. La población de Uruguay, comparada con los dos gigantes que tiene al norte y al sur, no da como para sacar cracks cada poco tiempo. Y más que nunca los rasgos de su juego tienen que ver con la supervivencia que con la exuberancia.

Pero es justo reconocer que la debilidad de su fútbol se debe también a otros factores que sí se pueden revertir. Porque durante muchos años el fútbol uruguayo ha estado en manos de los intermediarios. Una palabra que viene que ni pintada, ya que justamente son estos los que se apoderan de los derechos de los futbolistas cuando están a medio camino en su progresión.

Por lo tanto, el desorden provocado en un vivero tan pequeño tiene más impacto. Los clubes pierden fuerza, como instituciones que son la base fundamental y los cimientos del deporte nacional, frente a las urgencias egoístas del mercado. Y en definitiva, todo el hervidero de genialidad que se inició hace ya un siglo nunca tuvo su ateneo de discusión. Nunca se preguntaron por qué y si podían ir a más.

02
jul 2010
SECCIÓN Deportes
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