El Trinche y Ernesto

(Desde este casi invisible rincón del fútbol entendemos que esta semana no ha habido nada más trascendente que el Informe Robinson dedicado al Trinche Carlovich. Y pretendemos que así conste)

La curiosidad es una de las inevitables respuestas cuando uno se empeña en tamaño ejercicio de nostalgia. Sería difícil encontrar otro lugar en el mundo donde las palabras fueran capaces de proyectar con ese aroma vetusto del ocre desgastado las imágenes de un “futbolista invisible”, como bien lo ha definido Raúl Román, redactor de Informe Robinson.

Porque algunos se quedaron con ganas de más y otros quedaron colmados con este documento que encofra una forma de sentir el juego. En el Rosario de finales de los sesenta, en plena dicotomía entre el fútbol  que se erige desde el alma o el que parte de las herméticas directrices de un técnico, apenas emergió un futbolista al que muchos no logramos abarcar su talento. Quizás, la curiosidad que se agranda -al paso que la tecnología va aglutinando documentos que parecían perdidos- será satisfecha, pero la suma de testimonios que corroboran la existencia de esta aparición genial no perderá vigencia ante la evidencia de un quiebro del Trinche.

Posiblemente, para ornamentar una historia como esta, era necesario realizar un viaje tan largo. Y es muy probable, por todos sus ingredientes, que ésta sea única. Pero en los designios del balón, para pintar de un color nostálgico lo que pudo haber sido y no fue, no hace falta mirar a ultramar. Solamente, como ejemplo, bastaría orientar nuestra atención hacia el este. En Catarroja, a orillas de la Albufera de Valencia, hoy deleita sólo a pasitos y cada fin de semana otra zurda única que arrastra una complexión física similar a la del Triche. Ernesto Gómez (Murcia, 5/3/1982) es un futbolista que desde infantiles ya desprendía unas virtudes extraordinarias  y por eso el Real Madrid lo captó para su escuela. El balón tenía pocos secretos para él. No era un jugador rápido, pero su envergadura impedía la intromisión de los contrarios, ya que la velocidad no le daba para desembarazarse de ellos. En lo demás, transmitía sobradas naturalidad y elegancia. Como argumentaba un rosarino en el documental, llevado al caso de Ernesto, lo que hacían Zidane y Redondo “él lo tenía instalado”.


Ernesto formó en una de las mejores generaciones Sub-16 que se recuerdan, con Mikel Arteta, Pepe Reina, Mario, Líbero Parri, Perona, Nano, Jonathan Aspas o Albert Crusat, entre otros.  Jugadores, todos, a los que se les presuponía una larga carrera en la elite y que marcharon en estampida hacia la consecución del Europeo de Polonia de 1999. Como ocurrió con el Trinche, uno no sabe si tiene derecho a lamentar que esa fuera la cumbre deportiva de la mayoría de unos chicos que hoy rozan la treintena. Ignoramos si han vivido su carrera como hubieran querido y si se arrepienten de haber dado los pasos que dieron. Desconocemos, si quiera, si Ernesto ha disfrutado o disfruta de un oficio que para un dechado de virtudes debería ser meramente vocacional y en un escenario acorde. La única evidencia que ahora puede satisfacer en algo nuestra curiosidad la tenemos en su trayectoria, que se torció bruscamente. De ser campeón de Europa y ser la figura en la Copa de Campeones de juveniles en el 2000 a desaparecer del mapa de la elite. Hoy, a través de su trote tranquilo y su desfachatez para, nada más sacar de centro, lanzarse directamente hacia los rivales e ir dejándolos atrás, podemos intuir como vive la profesión: totalmente alejado de la vorágine de un fútbol que hoy, mucho más que en los setenta, arrasa con todo aquel que se niega a aceptar sus reglas. Carlovich encontró su refugio en Central Córdoba, Ernesto ha pasado por otros siete equipos hasta llegar al Catarroja de la Tercera División. Si el fútbol  y los recuerdos de grandes jugadores son patrimonio de la gente, algo estaremos haciendo mal para no haber podido disfrutar más de ellos.

Ernesto Gómez en Catarroja.

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