Eminencias anónimas

emi

El dinero no lo es todo, y la felicidad puede ser perfectamente ver a Oliver Torres tirando un sombrero protector. Puede que quieran que la Liga sea el termómetro que marque el estado de ánimo del aficionado. Puede que tengan razón. Si entendemos que una de las autenticidades del juego es la competencia, esa supuesta igualdad desde la que se debería partir, la máxima competición española de fútbol está ciertamente enferma. Cada uno es libre de perderse en la injusticia del “unos tanto y otros tan poco”.

 Promoviendo la insatisfacción permanente

El desequilibrio viene desde arriba, no desde abajo. Porque desde ahí es donde se crea y promueve esa permanente insatisfacción, algo que al final confunde y aleja al aficionado del juego. Una percepción que no es real, por más que el flujo de informaciones contradictorias inunde a diario los dispositivos a los que la gente puede echar mano continuamente. El fútbol español produce como nunca; el pico de la pirámide estructural pervierte y es el peligro real.

La madurez con la que la selección Sub-21 se impuso en el pasado europeo es una de las instantáneas más representativas del gran estado actual. Una buen abanico de jugadores formados en sus canteras, desde el dinamismo, la eficacia y la querencia por la pelota. Una muestra admirable, pero algo que no parece ser suficiente. Hay que recordar permanentemente que hace falta más, a sabiendas de que eso cuesta un dinero que se mueve por unos circuitos que benefician a unos pocos y que el impacto de sus intereses acabará alcanzando en perjuicio, entre otros, a aquellos que “miran en grande” desde abajo.

El origen de la formación de hoy

No es casualidad que Cañas, Pozo y Amat sean recibidos en la pequeña localidad de Swansea como mesías de un nuevo concepto futbolístico. Su juego es una mezcla de talento comedido y un buen bagaje en la formación del mismo. Esto último conviene no pasarlo por alto. Esa educación en el juego es el baremo diferencial. Tampoco es casual que el promotor de toda esa inversión por parte del club galés sea Michael Laudrup. Elegante y escolar en su desarrollo como futbolista, llegó a España en épocas de “bonanza” en nuestra Liga, pero en un momento en el que la formación no daba los frutos que hoy tenemos. Eran tiempos de indagar en los cimientos; momento para eminencias anónimas. El danés fue un referente que caló hasta ese bendito subsuelo, y él recurre hoy a sus frutos porque, además de no ser tan caros, está esa estirpe, algo que le une a ellos.

Todo parece en definitiva una lucha permanente. Una insatisfacción que crean y promueven los mismos, que desde arriba, alejados, pretenden hacer ver pequeñas las mismas cosas que son logros casi insuperables. En el punto más elevado de esa pirámide se observa con desdén la autenticidad de un momento único. Como la metáfora de un gran gesto técnico que se camufla en la vorágine del partido, la verdadera riqueza de nuestro fútbol se pretende esconder bajo un cúmulo de intereses que benefician a unos pocos.

Muchos equipos se sumen hoy en su incapacidad económica para maniobrar. Pero lo más triste no es eso. Es más desesperanzador el ver que el dorado está ahí al lado y muchos no darán ni un paso para comprobarlo. Sin duda somos víctimas de una forma histriónica de proceder, dilatada en el tiempo. Ésta nos pretende alejar de una realidad que hoy irónicamente nos ha dejado un regalo y aún así nos envuelve la inquietud de saber en qué resultará todo esto. Tal vez este presente de bonanza real sea fruto también de años de una búsqueda disparatada en las alturas. Y algunos nos veamos abocados a escudriñar momentos para siempre, esperando algún giro de tobillo de Isco.

 

04
jul 2013
SECCIÓN Deportes
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