En estado de alerta

La conjugación de calidad con la capacidad de auto exigirse es actualmente la distinción que separa a los equipos próximos al éxito con el resto. El talento puede ser o no difícil de localizar, pero cualquier aficionado sabe quién mueve la baraja hoy. Sin embargo, en esta inquebrantable pareja de factores prometedores, el hermano menor, el trabajo al límite de las prestaciones de uno, puede tambalear el sistema supuestamente establecido.

Como sucedió en Mestalla. El entrenador del Valencia, Unai Emery, había reclamado jugadores sin complejos para completar su once ante un Real Madrid, aparentemente, sin fisuras. Un mensaje que levanta sospechas al hacerse público y que puede alentar las suspicacias sobre la capacidad de influencia de un técnico en sus hombres. Más o menos gregarios de su entrenador, los jugadores del Valencia igualaron en muchos momentos la intensidad que el Madrid es capaz de dar hoy a su juego. El partido fue atractivo desde el coraje que mostraron ambas escuadras y dos errores de cálculo y astucia del Valencia le privaron de conseguir algo más.

El Valencia vive en una eterna pelea entre la intensidad que persigue y a veces alcanza y su propia confianza en poder mantenerla sólidamente a flote. Y esta situación no deja de ser una duda que, de todos modos, hace que la plantilla se mantenga alerta, y  que marca la diferencia con un club que debería dar un nivel similar: el Atlético de Madrid. Así pasamos de las dudas a la incomodidad. Ya sabemos que ese club no es el lugar ideal para plantearse sólo cuestiones deportivas. Y  además llega su calvario. Otra vez el Madrid y en el Bernabeu para medir su entidad. Anteriormente, y en suma, Mestalla, Camp Nou y San Mamés fueron un suplicio para un equipo que hoy no sabe tensar la cuerda como esos rivales. Es necesario repetir una vez más que el talento no escasea en el club de Manzanares, pero las dudas sobre su vena competitiva son las que son. Por eso son sólo unos pocos los descabellados que creen en momentos puntuales y en accidentes circunstanciales.

El Atlético vive al borde del precipicio que voluntariamente merodea. En la segunda mitad frente al Levante, la que le dio el partido, se dibuja, demasiado evidente,  su realidad sin matices. Es descontrol, combinación, dejación, capacidad e irresponsabilidad. Y no sabemos si sus jugadores viven en la ignorancia o se bañan en ella, porque, hablando de un grupo, ¿hasta qué punto es trascendental hacer distinciones? El Atlético, sin más, es la metáfora de una forma de entender el club que se ríe de todo aquello que se le insinuó como vocacional y plenamente dedicado. Así, sólo podemos saber que mañana no será como hoy y que pasado mañana no se parecerá a ninguno de los dos

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