Era cuestión de elegir

Iniesta

“Ya sois los mejores si no ganáis, pero si ganáis seréis eternos”. Las palabras de Pep Guardiola, antes de la prórroga en la Final del Mundial de Clubes, nos sirven hoy para destejer ese camino que forman las horas previas a la gran final de la Euro 2012. Pocos minutos después de aquellas recordadas palabras, el Barcelona encadenaría seis títulos en un año irrepetible, porque los ciclos en los clubes suelen cerrarse así, por ejercicios.

A partir de esta variante temporal, podemos discernir entre el fútbol de clubes y el de selecciones. Toda esa nomenclatura numeral para valorar los éxitos en una campaña queda relativamente vacía cuando la trasladamos a los conjuntos que representan a sus países. Por esa dilatación en el tiempo, resuelve mejor hablar de épocas.

Es inevitable que los partidos a vida o muerte, en la intensidad con la que los aficionados viven el recorrido de sus equipos, nos hagan perder una verdadera perspectiva de las cosas. Y en el caso de los aficionados a la selección española, que concentran sus mayores logros en pocos años, esta amnesia sentimental se puede agravar sintomáticamente.

Porque de no ganar nada a ganarlo todo medió una mirada y ahora, a pocas horas de otro hito, uno siente la obligación de refugiarse en imágenes del pasado para cerciorarse del anhelo que supone enfrentarse una vez más a la historia con un balón en el medio.

Cuando uno descubre el fútbol con vocación de desmenuzarlo acaba chocando con la mayor realidad: la Copa del Mundo. En ese disloque, tal vez lo mejor es alumbrar que al equipo que a uno le toca seguir le queda todo el camino por recorrer, y ante la falta de éxitos por la consecución de fracasos, que mejor que observar los diferentes ejemplos reales que han llevado al éxito. Y sin duda el más humano lo representa Italia, siempre tan acuciada aunque todas sus ansias pendan de una sola mano en el precipicio.

Para ello, no hay mejor versión que la filmada en España en 1982. Con un buen puñado de grandes equipos que robustecen uno de los mejores torneos de la historia. Una selección como la española, que a falta de ofrecer un equipo de grandes aspiraciones, regaló un entorno irrepetible como anfitriona: ¿dónde brilla mejor ese sol? Hoy, 30 años después, las imágenes digitalizadas son fieles testigos del color de aquellos días.

España, que empezó junio de rojo, comenzó julio en azul. Italia no ganó ningún partido en la primera fase, y una vez cambiada la sede de Galicia a Barcelona, Argentina, Brasil y Polonia sucumbieron ante un equipo de tipos no sin talento, pero con rasgos más próximos de los que destilaban algunas figuras de sus rivales. Se agarraban a los partidos sin ortodoxia. Rossi, un delantero sin ritmo porque venía de una sanción de dos años, es el mayor ejemplo de cómo un equipo de perdedores puede alcanzar las mayores cotas con sus seis anotaciones en los últimos tres partidos del campeonato.

Porque al fútbol se puede jugar muy bien, pero el que no esté predispuesto a sufrir cada minuto de una instancia como esta, no merece tal logro.

Aquella Italia que derrotó en Madrid a Alemania representa como nadie la capacidad para agarrarse a una idea y a una meta. Y de esa mezcla de sentimiento y estilo, no siempre surge la versión más brillante, pero sí la mejor.

Nos hemos tragado pufos insufribles a lo largo de los años. Mundiales y Eurocopas en los que no se jugaba ni a las tabas, con personajes muy malos que representaban lamentablemente el papel de sufridores. Y malos estudiantes que acababan sacando nota en la final, siempre gracias a las rentas, que las había de muchos tipos.

España 82 cerró una época para una generación italiana que no volvió a ganar más  y para un fútbol que de alguna manera se ha perdido para siempre. Vivir en el alambre es lo que tiene, pero también fue lo que supuso. La pelota necesita más espacio para moverse.

Quien le ofreció su terreno vive hoy su época. España ha igualado a la Selección Alemana de los 70 en un recorrido irrepetible, a falta de dar o no un paso más. Para gustos o disgustos lo ha hecho todo a través de la posesión. Con paciencia si había que sufrir y con premura si debía de ser así. No siempre mostró la versión más brillante, pero sí la mejor. Después de tantos años se supo que era cuestión de elegir la forma de sufrir. De la eternidad se encargará el hambre.

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