Frente a frente

Segundo asalto, porque casi ya no se puede decir que esto sea otra historia. De alguna manera todo está enlazado: que si Cruyff dice que el Real Madrid siempre representó otra cosa, que si hasta Di Stefano dijo basta después de ver lo del sábado. Hoy, como en ningún otro envite de los cuatro, los protagonistas tendrán más cara de victoria o de derrota. Cuando el árbitro pite, alguien besará el trofeo entre sus manos.

Estamos ante una Final de la Copa del Rey que, en los dos últimos antecedentes con los dos colosos, ha tenido un desenlace con consecuencias más o menos simbólicas.  Y es cierto que en ambas el Barcelona llegaba plagado de urgencias. En la primera, la del 83, Núñez lloraba de alegría un triunfo de la mano de Maradona porque creía alcanzar  el inicio de algo grande. Pero si hubiera sabido que siete años después iba a estar en la misma situación…

En abril de 1990, Real Madrid y Barcelona se encontraban de nuevo, esta vez era Mestalla, en aquel entonces Estadio Luis Casanova. Los primeros llegaban a punto de ganar cinco Ligas consecutivas. Los segundos, con su gurú Cruyff al frente, ansiaban, suplicaban y sus directivos casi mendigaban la gloria. El genio del fútbol holandés había llegado como última opción antes de un descalabro institucional que ya se olía si la ruleta del destino no comenzaba a girar.

El fútbol se dejaba llevar, como siempre, por la inercia de los resultados. La manera de hacer, como siempre, sirve para que contemos historias. El Barcelona venció, no se sabe si convenció, pero miles de senyeras volaron al viento de Valencia, y el poso de los meses venideros anunciaron aires de cambio. Cruyff ganó su primer título en España como entrenador y su razón jamás le impediría seguir buscándolos de la misma manera. Hasta que le dejaron.

Pero el poso de los años, cuando muchos ya se olvidaban, trajo la perfección de un estilo. En principio no estaba ni en los entrenadores, y menos en el subconsciente de los viejos o nuevos directivos. Eran los jugadores, con su fútbol, los portadores de una cultura que acaricia el ideal. Así han alcanzado todas las victorias que a cualquier grande de este deporte se le puede exigir.

Las exigencias que siempre juegan con las convicciones. Muchas veces, cuando se dan la mano, son caricaturas de mafiosos en negocios turbios. No cabe duda de que el discurso de Mourinho pretende hermanar ambos motivos, pero, ante una situación como la de hoy, son muchos los que quieren separarlos y colocarlos claramente frente a frente.

Y Özil es el arma preferida. Los críticos dicen que, cuando salió el sábado, le cambió la cara al partido. El alemán, con su juego, de una cultura muy concreta, es un exponente claro de estilo en un deporte condenado a la peor división, la que enfrenta sólo a dos. Y casi peor es lo que resulta de esta. Cuando en un partido de las dimensiones del de hoy sale un claro vencedor, las tendecias a dogmatizar se huelen antes del pitido final, cuando desde hace rato se dejan de apreciar los momentos.

Minuto 16 y 33 segundos del primer tiempo, Adriano recupera en el centro un balón que va por el aire y se lo cede de cabeza a Busquets. Minuto 18 y 30 segundos, Messi culmina la jugada con un intento de vaselina después de que el balón, de forma ininterrumpida, haya pasado por ocho de sus compañeros en 47 toques. El partido acabó con empate a uno y muchos cronistas dijeron que, aunque fue un encuentro tenso, no pasará a la historia.

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