La pieza que sí mezcla

A sus 25 años, Fernando Gago no va a incrementar sus facultades con el balón. Recluido en el fondo de armario del Madrid ha mezclado sus horas de desamparo con entrenamientos donde la serenidad de trabajar sin la presión, por saberse prescindible, ha solidificado su juego.

Que no tuviera, presuntamente, cualidades para ser el eje del equipo blanco no va en detrimento de que a partir de ahora se convierta en un futbolista más fiable, ¿en el momento de su partida?

En la antípoda de la serenidad

La desesperación, el sinsentido y todo un cúmulo de sensaciones que ya ni valía la pena analizar se toparon, unas con las otras, antes del Argentina-Costa Rica. Allí, cualquier movimiento o alternativa pensada se veía con un tono de cinismo acorde con el estado general que acompaña a la albiceleste.

La última situación irónica, la actitud de los narradores argentinos, que en los primeros minutos del partido empujaban a su equipo como el que anima al de sus hijos bisoños ante un rival mucho más capaz. Que cada uno que saque sus propias conclusiones. Para unas personas que viven eternamente con el botón de segunda y tercera lectura apretado, ¿es posible el formateo que logre limpiar esa función de arranque?

Pocas conclusiones se pueden extraer de la victoria frente a un combinado Sub-22. A estas alturas no vamos a incrementar los hasta ahora dudosos méritos a la selección de Batista. Argentina tiene varios problemas que se crea ella sola -salvo en el caso de la entidad mostrada por Colombia- que superan a las dificultades que le provocan los rivales.

Se pretende una identidad de juego sin tener claras las piezas a utilizar y la conveniencia de cada una de ellas. Si ya es difícil asimilar cualquier sistema de juego que tiene carácter ofensivo, más lo es si los jugadores se pierden en acciones egoístas e ignoran lo que le conviene a la prosperidad de su fútbol.

Argentina, de tres cuartos para adelante, es capaz, con varios de sus estiletes, de realizar jugadas explosivas en el uno contra uno. Pero hasta ahí, que no tantas veces ha conseguido llegar, todo ha sido vulgaridad y una montaña de elecciones incorrectas.

De Messi se suele decir que no es lo mismo si coge la pelota en mitad del campo que si lo hace a 20 o 30 metros de la portería. Eso es una obviedad que provoca hacerse otra pregunta simple: ¿es lo mismo cogerla a mitad de campo con todo el equipo rival delante o con menos jugadores contrarios esperando? Porque al final, Messi, baja infinidad de veces a medio campo, ya sea en la selección o en el Barça.

¿Encontrando las piezas?

Dándole ritmo a la pelota, si esta llega un segundo o dos antes a los pies del crack la historia cambia completamente. A Argentina le faltaba que el balón corriera para limpiar la zona de rivales y así encarar las jugadas con una, al menos, ligera ventaja. Y Gago, a punto de alcanzar su insatisfecha madurez, desplegó al dedillo una premisa tan simple de explicar como difícil (parece) de ejecutar.

Banega, del Valencia, es el mejor centrocampista organizador que tiene Argentina, en cuanto a control de la pelota en situaciones comprometidas. El del Madrid, en cambio, no tiene esa seguridad cuando la tiene en sus pies, pero sí conoce el oficio para el que se le requiere. En este caso, no se le pide mantener la posesión ante la presión rival ni dar pases magníficos en profundidad, se le pide agilidad y premura para desplazar a los costados, apenas en diagonal, para que los estiletes, en sus apariciones, cuenten con algunas décimas de espacio limpio.

Para una empresa no demasiado complicada, como luego se vio, la influencia de Gago fue suficiente como demostración de lo que necesita este equipo. Aunque no cabe duda de que los rivales que habrá a partir de ahora le exigirán a Argentina, para vencer, hacer lo mismo a mayor velocidad.

 

14
jul 2011
SECCIÓN Deportes
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