Gómez

En las madrugadas europeas de julio podemos hacer nuestros los eventos. Mientras el continente duerme, las imágenes que escupe la pantalla directamente a los ojos se juntan y se separán hasta que forman historias que el insomne, sobreexcitado, deforma para conformar la épica. Del Bolivia-Costa Rica muchos no pensaban sacar ni dos líneas hasta que Joel Campbell sacudió las opiniones creadas  y con sus galopadas sin fin nos dio los motivos que luego justificó con sangre Julio Gómez.

Por Costa Rica nadie daba un duro. Tras el cúmulo de sensaciones en que se convirtió el Argentina-Colombia de Santa Fe, el viaje a Jujuy parecía plácido y, como los boletos ya estaban comprados, todo previsto para disfrutar de un asado con el segundo partido de la segunda jornada del Grupo A de fondo.

Bolivia debía hacer bueno el empate frenta a la anfitriona, pero lo único que hizo bueno fue el dicho de que es más fácil defender que atacar. Cuando tuvo que tomar la iniciativa, Costa Rica nos mostró que tenía el fútbol que apenas le pudimos intuir frente a Colombia.

Una gacela negra intentaba flotar entre la maraña orquestada por el “Bolillo” Gómez. El pasado fin de semana, Joel Campbell (26/6/1992) no era más que un peso pluma que nos quería mostrar su buen juego de piernas, pero ni de cerca se asomaba al punto donde se empiezan a tocar los deseos con las evidencias. Frente a los cafeteros, los de Ricardo La Volpe ejercieron de Sub-22 con todas las letras, prejuicios y desprecios que los hinchas sudamericanos han vertido sobre la representación que han elegido las dos federaciones centroamericanas para este torneo legendario.

Pero no hay tensión que un buen estruendo no aminore. El zurdo de piernas elásticas realizó hoy la mejor actuación individual del torneo a base de regates, bicicletas y gol. Sí, todo lo que se le exigía a Neymar, pero que hemos tenido que esperar hasta el partido olvidado para verlo. Y, desde luego, ahora esperarán todos a Campbell, los sobreexcitados y los escépticos, y en un encuentro dramático frente a Argentina. Joel Campbell, que se había convertido en héroe de una noche sin dueños…

Alemania, que se sabe estabilizar hasta en arenas movedizas, había dado la vuelta al marcador en la segunda semifinal de Mundial Sub-17. Casi, como en muchas otras veces, habían conseguido aburrir a un rival que defendía su camiseta verde ante una masa que llenaba el estadio de Torreón, México.

Tiro de esquina, mexicanos atacan a alemanes, ¿quién ganará por arriba? A punto de caer en el tópico, a Jorge Espericueta se el ocurre esquivar las torres teutonas y mandarlo directamente a portería. E iba para gol olímpico, pero justo por donde pretendía introducir la pelota, un alemán (siempre cansinamente atentos) se sitúa en misma línea, por donde ya iba a entrar la de cuero. Julio Gómez (13/8/1994), el ocho, sabía que era cuestión de estado y empujado por la gloria que se ríe del sentido común se lanzó, tan siquiera, para conseguir rozar la pelota. Lo hizo, entró y en media décima impactó con la cabeza del alemán, que resultó ser más dura.

Sus compañeros corrían como locos por el campo y él seguía sin recuperar el conocimiento. Una patrulla entera de asistentes médicos intentaban reanimarle mientras las sensaciones se mezclaban entre sus compañeros. Tras unos minutos de temor, y esa incómoda mezcla de pálpitos, pareció recuperar el sentido y lo trasladaron a la banda. Arrancó de nuevo el juego y, motivado por la emoción del resultado y el escaso tiempo que quedaba, pocos ya se fijaron en la enorme venda a lo Camacho con la que Gómez pudo reincorporarse al juego.

Gómez era el malo en la obra maestra de Juan José Campanella, El secreto de sus ojos, pero aquí, el nuestro, terminó de modelar su pequeña y eterna historia.

Los méxicanos llevaban unos minutos juntándose entorno al balón, como en sus mejores momentos del campeonato. Alemania lo pasaba mal, pero no iba a ser así como se decantara la balanza. Nuevo córner, Espericueta cuelga de zurda y esta vez, entre un compañero y un rival, prolongan hacia el segundo palo. No, esta vez no había que reírse del sentido común a costa de la vida. Gómez, con una chilena, cambia la direccón del esférico que pasa por delante de cuatro defensores y el portero, para pegar en palo y marcar el gol que los manda al Azteca. Un gol en los tiempos en los que México comenzó a ser un grande del fútbol mundial.

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