Gris

Foto: EFE

Antes de ayer, yendo en Metro a eso de las 11 de la noche, me topé con una feliz familia que volvía de presenciar la cabalgata de los Reyes Magos de Oriente. La parentela estaba compuesta por una joven pareja y sus dos hijas de unos siete y ocho años, más o menos. Me senté en frente de ellos y observé un rato la escena. Las entrañables criaturas iban vestidas con idénticos conjuntos pero mientras que una de ellas miraba todo el tiempo a su alrededor con ojos bobalicones la otra no cesó un solo segundo de parlotear con asombrosa rapidez.

La parlanchina en cuestión alternaba cada comentario con golpecitos a sus progenitores y chirriantes reclamos en forma de ‘papi’ y ‘mami’. En sus manos sostenía un grueso catálogo de juguetes de El Corte Inglés. Ávidamente hacía bailar sus dedos hoja tras hoja, no sin antes señalar en cada una de ellas al menos un artículo que quería encontrarse bajo el árbol horas después. ‘Quiero este y este…Y este también, y este y esteyestesteste” ante la indiferencia de su padre que, estoicamente, soportaba la marea infantil sumergiéndose en sus propios pensamientos.

Unas cuantas paradas después, cuando la pequeña capitalista había acrecentado la agudeza de su voz hasta un umbral practicamente insoportable, di gracias a Dios por haber llegado a mi destino. Salí del vagón pensando en cómo sería esa misma noche en el lugar del que provienen los Reyes Magos.

Después cabecée incómodo por formar parte de un sistema que, de algún modo, odio.

Oriente Próximo. Karni, al este de La Franja. Punto fronterizo del territorio palestino.

Foto: Abid Katib/Getty Images

Su saliva atraviesa las comisuras de sus labios y resbala por la barbilla lentamente, ajena al crujido que aplasta otras vidas con las que ayer jugó. Cae sobre los cristales rotos y se mezcla con su propia sangre ya seca, culpable de ser ahora aplastado por el brazo del odio. No escucha nada, no quiere hacerlo. Oye un pitido que carraspea dentro de su cabeza y se funde con un punzante y ácido dolor que oprime el espacio entre sus sienes. Siente como se desvanece su vida, como si fuera agua en un cesto de paja. Nunca podría haber imaginado esta sensación pero ahora sabe lo que es. Manda un impulso al brazo pero el polvo no puede elevarse. Agua salada discurre por su rostro, empapando el barro que cubre toda su piel y purificando el único resquicio de vida que parece quedar en el mundo. Entreabre los ojos encharcados en tejido líquido y tan sólo ve humo. Figuras borrosas se mueven lentamente en una especie de baile fúnebre. Asciende. Un relámpago de punzante agonía recorre lo que queda de él. Avanza en dirección a ninguna parte, guiado por cuerpos desconocidos. Todo es gris. Los colores han desaparecido como si estuviera en una película de las de antes. Comienza a recordar. Sabe que pertenece a Karni, junto a la frontera. Aprendió a vivir rodeado de advertencias, amenazas y la precaución ligada a cada uno de sus movimientos. A cada uno de sus juegos. Entonces, vio un fogonazo en el aire que lo cruzó como una estrella fugaz en agosto. Una extraña belleza sucedió a una detonación y comenzó a llover un fuego brillante que tiñó todo de rojo. Un rojo ardiente sucedido por el más intenso de los negros. Y ahora está aquí, pero no sabe donde es, yendo a otro lugar que desconoce por una razón que es incapaz de comprender. Pronto desfilará por calles abarrotadas a través de una marea de brazos y gritos pero será tarde para él. Ya se va. Mientras su cuerpo sortea cascotes, hierros retorcidos y muros derruidos él se encamina a otro lugar. Es la hora de salir de aquí. Demasiado pronto. Ni si quiera ha llegado aquel que debía explicarle qué hacer. Ahora se siente como los cristales rotos que no cesan de quebrantarse a su paso y se eleva, esta vez sin dolor. Del negro de la oscuridad al blanco que le rodea y le envuelve hasta que su sentimiento se funde con el polvo gris.

2 comentarios a Gris

  1. Kike says:

    Joder Javi, qué serio y literario te has puesto, muy bueno, enhorabuena por el post.

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