Hazaña sin nombre

Estirando todo lo que da el fundamento motivacional de Del Bosque hacia sus jugadores para la próxima Eurocopa, uno encuentra algunos pocos precedentes de una supuesta y similar pretensión. Sobra decir que si una selección encadena tres torneos seguidos a nivel absoluto no recibirá ningún galardón más allá del simbólico, aunque, si alguien se detiene a observar esos recovecos de la historia del fútbol, puede encontrar cosas interesantes en pos de una hazaña realmente inconsciente, para aquellos que estuvieron a punto de lograrla sin saberlo.

Sin dejar de lado airadamente la British Home Championship, la competición de selecciones más antigua de la historia de este deporte, nos centraremos en torneos continentales o mundiales a nivel absoluto. Aquella vieja competición que se disputó por primera vez en la temporada 1883/84 cobijaba a las cuatro federaciones del Reino Unido y en diversas ocasiones, como en las cuatro primeras en las que Escocia se hizo con el entorchado, un equipo encadeno tres triunfos consecutivos. Sin embargo, hablamos de un torneo con sabor añejo pero sin la magnitud y la competitividad de un Mundial, una Copa América o una Eurocopa: la base y los dos ejes del fútbol de selecciones.

Beckenbauer ya se topó con la ironía del destino.

Para llegar al antecedente más directo hay que viajar en el tiempo, aunque no demasiado. Hablamos de una selección europea, Alemania, y el ciclo es el mismo que ha llevado la Selección Española hasta ahora: Eurocopa, Mundial y la posibilidad de volver a revalidar el título continental.

Indagando en este precedente nos damos cuenta de que un nombre simbólico en la historia de este juego nos ilumina el recorrido de la aventura. De los cuatro años que van de 1972 a 1976; de la final de Bruselas a la de Belgrado, Franz Beckenbauer aparece como el director de orquesta de la mejor selección alemana de la historia y como protagonista de las tres finales, la del Mundial, en Múnich, es la que queda en medio.

Ningún otro equipo como aquella Alemania ha marcado el camino más visual hacia ese logro, menos publicitado en su momento. Un sueño que se acabó con uno de los gestos técnicos más recordados de este deporte, como es la ejecución del penalti de Antonín Panenka, que dio el título a los checos. Una ironía del destino como anticipo para aquel que ose acercarse a semejante logro.

O Rei lo intentó antes.

Pelé y Brasil. Aunque esos dos nombres viajan inseparables con el paso de las décadas, el primero merece un capítulo especial por su desdicha a la hora de completar un logro casi maldito, para el que ni siquiera hay un nombre.

La aparición de Pelé en 1958 nos anunció la llegada de un jugador capaz de acometer todo tipo de récords. Además de conseguir el título mundial en Suecia, Edson Arantes do Nascimento contaba solo con 17 años y todo un camino por delante. Por eso, poca gente recuerda hoy que 1959 fue el segundo paso para completar una hazaña que nadie imaginaba que Pelé, en ninguna otra ocasión, iba a poder acometer.

Argentina acogía ese año la Copa América entre marzo y abril. Pelé y su selección viajaban con todo. Con un gran estado de forma, no es de extrañar que el genio acaparara los logros individuales (título de máximo anotador y mejor jugador), pero a sus 18 años no pudo llevarse el campeonato con su selección. No se lo impidió Argentina, finalmente ganadora, porque el enfrentamiento entre las dos potencias sudamericanas acabó con empate a uno.

Seminario, un protagonista inesperado.

Apenas existen imágenes para ver las exhibiciones de O Rei en el Monumental  de River y apreciar sus ocho goles y otros gestos irrepetibles. Se puede añadir que por él no quedó, pero algo tendría que decir Juan Seminario.

A Pelé no le lastró el empate, con gol suyo, en la jornada de cierre del certamen en el Monumental y frente a los anfitriones. Fue unas semanas atrás, en el partido con el que abrían una competición que se desarrollaba a modo de liguilla. Allí, Perú les esperaba con una de las mejores delanteras que su país recuerda, pero que el mundo, acostumbrado a simplificar la historia de este juego, ignora.

Los goles de Didí y Pelé adelantaron a Brasil, pero un zurdo de apellido religioso fue el que dictaminó sacramentalmente que Pelé tampoco alcanzaría la hazaña. Qué poco podía imaginar el genio que ya en el primer partido todo se iría al traste. Es posible que ni hoy lo recuerde, aunque en su memoria si esté la consecución del Mundial de Chile, tres años más tarde, y en el que apenas pudo participar por una lesión, como una mala resaca del fallido intento.

Pero Juan Seminario no era, ni debe ser, un futbolista cualquiera. Después de aquella buena Copa América, el hábil delantero viajó a Europa y jugó en grandes clubes, como el Barcelona, Fiorentina, Sporting de Portugal o Zaragoza. Hablamos del único jugador peruano en lograr el Trofeo Pichichi en España y, si Panenka es un nombre del culto por aquel golpeo, a Seminario el destino le dejó un simbólico logro para una época, el de ser el único jugador en marcarle tres goles en un partido a Inglaterra.

Unas décadas más tarde, el caprichoso destino actuó de nuevo y quiso que Van Basten, en la Eurocopa de 1988, le hiciera un triplete a esa selección británica. Y que unos días después, cuando el partido moría, le diera la puntilla a una Alemania que se despedía de una Eurocopa que organizaba y que podía iniciar el ciclo para la consecución de la hazaña sin nombre.

Dos años más tarde, los teutones ganarían el Mundial de Italia y en 1992 se enfrentarían en la final de la Eurocopa contra una selección, Dinamarca, que disputó el torneo en el último momento ante la baja de Yugoslavia por la guerra, una lacra que tendrá más protagonismo en esta historia. Un guiño del destino quiso que los inesperados invitados se llevaran el título, además de dejar su rúbrica ante las pretensiones alemanas.

Brasil y un objetivo incalcanzable.

Alemania. Y Brasil. Los sudamericanos, tras la era Pelé, han coqueteado disimuladamente con el inalcanzable logro. Por una cosa u otra, en una buena época de bonanza entre la década de los 90 y comienzos del nuevo siglo, no han encadenado tres títulos consecutivos, ni con la ayuda de la reciente Copa Confederaciones. La FIFA organiza desde hace 20 años una competición que dejaría realmente descafeinado este logro, porque los participantes, con sus convocatorias, y los aficionados no suelen darle la misma importancia que a los otros títulos históricos.

Tras la consecución del Mundial ’94, una tanda de penaltis en Montevideo les impidió levantar el título continental frente a los anfitriones. Un logro que hubiese sido clave, porque en 1997 la canariña consiguió los títulos de la Copa América en Bolivia y la Confederaciones en Arabia Saudita.

Después de estos dos últimos entorchados, otra final perdida, en Francia’98, no sirvió de puente para la hazaña con el título que sí consiguieron en la Copa América de Paraguay en 1999.

Otro posible puente desaprovechado, en 2001, se lo impidió Francia, en este joven torneo para campeones de confederación, ya que en 2002 Brasil se alzó con la Copa del Mundo en Corea y Japón.

En la Copa Confederaciones de 2003; en el Mundial 2006 de Alemania; y en Sudáfrica 2010, hasta en tres ocasiones más han podido cerrar el ciclo maldito, pero ni los Ronaldo, Cafú, Roberto Carlos, Rivaldo, RonaldinhoKaká, Robinho o Adriano pueden contar con esa hazaña en sus vitrinas.

Logros sin vitola.

Dejando atrás el anecdotario de las múltiples intentonas de Brasil o el penalti que alejó del logro a Alemania, en el estudio estricto de los antecedentes, cabe señalar una par de viejos hitos finalmente desechados por los condicionantes.

En este punto habría que separar dos épocas, aquella en la que las selecciones ya pueden disputar las competiciones FIFA sin esos condicionantes y épocas pasadas en las que muchos jugadores o equipos con potencial capacidad para alcanzar el triunfo desecharon su participación o no fueron incluidos en los certámenes.

Descartando a Uruguay, que contó con un gran equipo a finales de los años 20 y comienzos de los 30, aunque no enlazaron esos tres títulos por diversas circunstancias, Italia y Argentina aparecen en el memorándum.

Los primeros ganaron el Mundial de 1934 en su casa, con algunos de los mejores equipos del momento ausentes y con decisiones arbitrales cuanto menos discutibles. Pero la sombra de Mussolini no fue tan alargada como la del nacismo en los Juegos de 1936 en Berlín. En aquel entonces, las selecciones podían acudir con sus mejores hombres a la cita olímpica, algo que hoy no sucede, ya que solo tres jugadores pueden ser mayores de los 23 años.

Italia se llevó aquel título olímpico y lo enlazó con los mundiales de dos años antes y dos años después, pero la ausencia voluntaria de Uruguay y Argentina en los dos últimos torneos no puede legitimar la competitividad de los mismos. Sin entrar a profundizar en los condicionantes sociales y políticos que envolvieron la disputa de las Olimpiadas de Berlín, no sé puede analizar el fútbol de las décadas del 30 y del 40 sin las dos potencias rioplatenses.

Una generación irrepetible sin su corona.

Solo como ejemplo de lo que pudo ser, porque ya no habrá título mundial que lo acredite, Argentina enlazó tres triunfos consecutivos en la Copa América entre 1945 y 1947. En aquel momento, el evento se celebraba anualmente y, aunque aquella albiceleste contaba, por jugadores, con la mejor selección del momento, la hazaña no adquiere el respectivo simbolismo.

Argentina lo alcanzó con jugadores como Moreno, Di Stéfano, Pedernera, Loustau o René Pontoni, entre otros, pero el desarrollo natural del fútbol tenía previstas para 1942 y 1946 dos citas mundialistas que por culpa de la Segunda Guerra Mundial, la peor de las maldiciones, no pudieron desarrollarse. Los entendidos sabían cómo jugaba ese equipo, pero la historia, siempre acumulando antojos, no quiso oficializarlo de manera transcontinental.

Volviendo al origen.

España no tiene los títulos ni la jerarquía histórica de Brasil, Argentina, Uruguay, Alemania o Italia. Pero a partir del próximo domingo, con un equipo que maneja la pelota como pocos en la historia, se enfrenta a la primera tentativa de encadenar los tres grandes torneos consecutivos.

Frente a todos los antecedentes que se hayan podido aportar hay una novedad: los protagonistas y los medios han adquirido conciencia de ello. Nadie, a estos niveles de legitimidad, lo ha conseguido. España se ha enfrentado a los mejores de su época, tanto en Europa como en el Mundo, y ha sido la competición la que ha dictaminado el recorrido.

Y sin olvidar que todo esto es una cábala (salpicada de curiosidades y maldiciones forzadas) que parece casi imposible de lograr, es conveniente no olvidar su origen y la sana intención de un entrenador que pretende motivar a sus jugadores tras unos triunfos imborrables.

 

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