Horas de locos.

Eran horas de locos según mis padres. La mala costumbre, depende para quién, nos hacía salir corriendo de casa aún con la paella a medio ingerir. Sobre todo en invierno, para apurar las horas de luz de esos partidos sin pitido al inicio, ni fin. Éramos los amigos de siempre y alguno más, que iba y venía. Antonio (el dueño de la pelota, casi siempre), Francisco, Roberto, Javi, Joanet, Murtera o Alejandro formaban el tronco principal de esas tardes eternas que van desde los 12 años hasta sobrepasada la mayoría de edad. Desde ahí muchas otras historias y otros amigos que cada uno traía a partir de la gran excusa de este país: el balón.

Como si estuviera sonando el pitido de la scouter de Antonio en mis oídos ahora mismo, es lo que me sale de dentro al recordar una de esas centenares de tardes tan parecidas y algo así como entrañables. En ésa, por ejemplo, con la pelota guardada allí donde debía ir el casco, Antonio cargaba de paquete a Manolillo, su primo enano con maneras de delantero, siempre arriba y siempre oportunista.

Como en nuestras pachangas valía todo, no había edad, ni había que tener unas artes extremas para dar culto al balón. Uno podía ser partícipe de cualquier cosa, de la mayor torpeza o la mejor filigrana. Alguno podía golpear lo redondo como si fuera algo cuadrado, o simplemente pegar a todo lo que se le acercarse. Creo recordar que algún partido pudo acabar por K. O. técnico. Pero también pudimos ser una cantera, porque allí había alguno que conducía la pelota en potencia con bastante precisión; porque alguno marcaba con agilidad y siempre encima del contrario. También se veían buenos golpeos de balón en ocasiones y hasta alguien se esforzaba en darle un mejor sentido al juego dentro de sus limitaciones físicas. Pero si en algo se pudo parecer a una escuela fue porque cualquiera tenía cabida. ¡Qué equivocado estaba aquel que se pensó que este era un juego de elite!

En la pista de las viejas escuelas, en el viejo campo del municipio, en el instituto o en San Carlos, ese día debió ser en las viejas pistas, que son un balcón a la salida natural al mar de mi pueblo. Allí una camiseta vieja del Barça, un pantalón del Arsenal roído, de esos que pudo llevar Paul Merson, y alguno con ropa más apropiada para otras especialidades. Pares o nones y cinco pa cinco. Comienza el pataleo y no pasan ni dos minutos cuando Javi en una de sus famosas segadas levanta a Antonio un metro del suelo y le hace caer rodando cuando éste iniciaba una de sus famosas potentes carreras con el balón en el pie derecho. Antonio es zurdo de boli, pero casi diestro de bota. En ese momento saltaba el genio de Antonio que expulsaba, dueño de la pelota en sus manos, a Javi del campo, a lo cual éste siempre se negaba. Ya estaba el lío montado.

Yo intentaba quitarle hierro al asunto, pero qué sería la amistad a esas edades sin aquellas terribles disputas. Roberto se burlaba de la situación y los demás callaban o metían cizaña al tema. Por supuesto las risas tampoco faltaban.

Cuando la cosa parecía apaciguarse, Joanet, en una de sus acciones de chispa, le quita el balón de las manos a Antonio sacando rápido la falta hacia Manolillo, siempre desmarcado. Éste, que era medio cuerpo menos que la mayoría, se tira un autopase por un costado de Murtera portero y con una facilidad habitual marca. Se volvió a liar la historia; unos que si el gol no vale, otros que se querían ir, etc. Puede que el partido se siguiese jugando o puede que se suspendiera, e incluso es posible que dos nos quedáramos haciendo el tonto con el balón. La verdad es que ahora ya no estamos jugando: yo escribo estas líneas, mi hermano se ha ido a trabajar, Murtera está en Barcelona, Francisco en clases de catalán, Antonio en Brasil, Joanet con su empresa, Roberto apagando fuegos y Javi en la isla de Lucía. Mientras, a estas horas, puede que Manolillo esté tirándose un autopase ante uno de los porteros convocados por Ginés Meléndez para la selección sub-19 en la Ciudad Deportiva de las Rozas.

14
nov 2006
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