Injerencias endémicas

No podemos pensar en grandes cambios por un partido. Lo del domingo en San Mamés sí fue vibrante, reafirmó ese cambio de actitud por parte del Athletic –no le recuerdo un planteamiento similar frente a un rival de tanta entidad-, al ir a buscar hasta el área pequeña contraria la pelota, y abrió, definitivamente, los ojos de algunos pocos incrédulos que todavía quedaban en Bilbao.

Pero este es, si quiera, el primer paso de un equipo con unos condicionantes únicos en las manos, ahora, de un técnico absolutamente genuino. El encuentro, tan poco casual, entre Bielsa y el Athletic vislumbra al final del camino la constatación de una creación ganadora hasta quién sabe cuántos niveles. Y sólo podremos hablar de percepción, porque ante el casi completo caos del mundo del fútbol que rodea la burbuja en la que trabaja, cual escriba, el rosarino, hay muchos dedos con ganas de atravesarla y que así todo se disuelva.

En la atmósfera que todo entrenador ha de crear para que la trayectoria del equipo vulnere lo establecido por los rivales e imponga su método y reafirme sus consustanciales virtudes, la personalidad del conductor de grupos, fundamentada en su conocimiento, es el pilar. Paradójicamente, la estructura de un club es la primera grieta que hace tambalear la armonía del equipo de fútbol. El Atlético de Madrid sirve, una vez más, de triste y visual ejemplo: esa lucha del entrenador por aislar al grupo se ve permanente amenazada, en este caso, por un entorno que desde la directiva, ante los malestares de unos jugadores más vulnerables de lo que aún parece, atraviesa sin miramientos el espacio que debería estar reservado para la consecución de unos objetivos comunes.  Una contradicción y una explicación al misterio, que así dejaría de serlo. El Atlético puede tener o no una de las mejores plantillas de la Liga, pero así es muy difícil sacarle todo el rendimiento. Son las injerencias endémicas las que perturban el proceso habitual donde el técnico debería tener el control sobre sus jugadores.

Sahin, uno de los últimos fichajes del Mourinho para el Real Madrid, saltó al campo el domingo para aclarar percepciones y cachetear algunos comentarios necios. Porque estaban los que aseguraban  que era un medio centro más defensivo que Xabi Alonso y los que le atribuían dudosas cualidades y una fisiología de cristal. En cuanto a lo futbolístico, hay que sentirlo una vez más, porque el turco ya dio pistas más que suficientes en el Europeo Sub-17 de Italia en 2005 de ser un conductor de juego, en ocasiones, con una zurda excelsa. A veces interior, a veces director. Sólo le faltaba asimilar unas rutinas de juego que no siempre hornean en los futbolistas a un fuego constante y ha necesitado cinco años para dar su primera versión evidente. Todo lo contrario que Altintop, una pieza completamente diferente con un buen bagaje de oficio en su currículum, pero que no sabemos para qué ha llegado al Madrid. Lo que sí sabemos es de la injerencia a la inversa del entrenador portugués, que no ha sacado solamente el dedo hacia afuera.

 

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