La amenaza de la vida eterna

El mito de la vida eterna ha sido uno de los más perseguidos en la historia de la humanidad. Casi todas las religiones nos hablan de una vida tras la muerte, una vida que será mejor o peor dependiendo de nuestros méritos (y a menudo dependiendo del volumen de las donaciones a los sacerdotes de esa confesión). También la literatura universal se ha ocupado a menudo de hablar sobre este tema y más adelante pondré algún ejemplo. No es que ahora, en este recién inaugurado tercer milenio, estemos acércandonos al objetivo de la vida eterna, pero sí es cierto que la hemos alargado de forma considerable. Sin embargo, a menudo la calidad de esa vida no la hace especialmente deseable.

Los seres humanos, como animales racionales, tememos a la muerte. El resto de seres actúan por instinto de protección, pero no son conscientes de lo que supone la muerte. Nosotros sí sabemos lo que conlleva. El cese de toda actividad, la desaparición y generalmente el olvido. En mi opinión, y desde luego no soy ningún experto, de ese miedo a la muerte (entre otras cosas) surgen a menudo las religiones. De hecho, los primeros ritos religiosos eran también ritos funerarios. He reflexionado a menudo sobre el tema de una vida sin fin y la verdad es que no consigo saber si pesan más las ventajas o los inconvenientes, aunque creo que empiezo a inclinarme por esto último.

Antes hablaba de lo mucho que este tema se había tocado en la literatura. Sirva como ejemplo el capítulo X de Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, donde el protagonista se encuentra en un país donde hay gente que ha conseguido ese deseo de la humanidad. Al principio Gulliver les considera seres afortunados y deja bien claros los motivos de esa forma de pensar: “¡Feliz nación aquella donde, al nacer, los niños pueden contar con la inmortalidad! ¡Feliz el pueblo que disfruta de tantos ejemplos vivos de antiguas virtudes y que posee maestros prestos a instruirle en toda la sabiduría de tiempos pasados! Pero los más dichosos, sin parangón posible, son esos excelentes struldbruggs que, libres al nacer de esa calamidad universal del género humano, viven despreocupados y desenvueltos, sin la pesadumbre y la congoja que causa el perpetuo temor a la muerte”.

A partir de ahí Gulliver se lanza a explicar lo que haría él si viviese eternamente: ganar dinero, adquirir conocimientos, registrar los cambios históricos, educar a la juventud aprovechando su sabiduría, etc. Sin embargo, sus anfitriones pronto le hacen darse cuenta de que una vida eterna no significa una juventud eterna. “La cuestión, por tanto, no era si un hombre aceptaría vivir siempre en la flor de la edad, sano y próspero, sino saber cómo aguantaría una vida inacabable con todos los achaques que la vejez trae consigo”. En ese momento el protagonista se da cuenta de que una vida eterna no es algo tan maravilloso y el capítulo se cierra con una sentencia diametralmente opuesta a la del comienzo: “Sentí profunda vergüenza de las agradables ilusiones que me había forjado y pensé que ningún tirano podría tramar una muerte que yo no aceptase con gusto para escapar de una vida así”.

El gran problema es que nuestra sociedad se dirige a algo similar a lo que temía Gulliver. Desde luego estamos muy lejos de la vida eterna, pero nuestras vidas a menudo se nos hacen demasiado largas en según qué circunstancias. Un reciente estudio aseguraba que las mujeres españolas tenían la mayor esperanza de vida de toda la Unión Europea: 87 años (en los hombres es de 83). Mis dos abuelas rondan e incluso superan esa edad. El estado tanto físico como mental de ambas me hace preferir no llegar a igualarlas. El momento en el que uno deja de valerse por sí mismo y se convierte en una carga y un motivo de preocupación y de disputas para su familia debe ser muy triste.

Por desgracia, en nuestro país vamos siempre con el paso cambiado en todo. La guerra y la dictadura nos dejaron muy tocados e hicieron que nuestro desarrollo moral, social y económico no avanzase a la par con nuestros vecinos. En otros países la gente asume su edad y la de los suyos de otra forma, con más naturalidad. Aquí , por ejemplo, seguimos pensando en una residencia de ancianos como un sitio en el que abandonar a nuestros mayores para que no estorben. En otros países es algo natural y lo ven como un lugar en el que los ancianos pueden pasar sus últimos años bien atendidos (mejor que en muchas casas) y con dignidad, sin convertirse en una pelota que los hijos se van lanzando de unos a otros, teniendo un hogar fijo y pudiendo pasar el tiempo con gente de su misma edad en lugar de estar todo el día dormitando delante de una televisión con el volumen demasiado alto.

Desde luego esa no es la vejez que yo quiero. Prefiero una vida más breve pero en la que pueda sentirme útil hasta el final. Es muy posible que cuando cumpla los 70 y esté lleno de achaques no opine igual, pero ahora mismo y viendo la situación que hay en mi familia y en la de algunos conocidos creo que más vale calidad que cantidad. Menos años, pero vividos sin ser una carga.

11
ago 2006
SECCIÓN Opinión
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