La autoridad del instinto

“Yo les digo que no le den la pelota a Ortega siempre”, era la aseveración de Ángel Cappa a la televisión argentina, unas semanas antes de ser destituido como técnico de River Plate. Era sólo el ejemplo de uno de los diferentes puntos por los que pasaba la conversación, y que venía a demostrar que muchas veces es una carrera de obstáculos la trayectoria de cualquier técnico.

“El jugador levanta la cabeza, ve a Ortega y le da la pelota”. Los jugadores, en muchos casos, sólo tienen una simple respuesta para explicar su llegada a la elite. Y el aparente talento basta para que los aficionados discutan o defiendan a entrenadores y jugadores. Con los directivos iremos luego. Los conceptos más simples son los más complicados de variar. La gente pide imposibles, o muy difíciles, pero el responsable es el único que sabe cómo y con quién se la está jugando. 

 

Con ese ejemplo, el de Bahía Blanca sólo quería demostrar la magnitud del trabajo que le quedaba por delante, y que llegar rápido a los sitios no es el mejor camino. Seguramente no debe ser nada fácil dar lecciones elementales a personas que creen poseerlo casi todo en una disciplina. Hay que tener un perfil bajo, el talento y capacidad de absorción; hay que darle forma al molde, para que no se quede en molde, y que además se deje. La lucha del técnico ya empieza desde ahí.

Una cuestión de intensidad

 

Y sólo en el comienzo se quedan tantos… Porque desde afuera todo vuela. Los análisis se alargan o acortan según convenga. No importa lo que haga el entrenador, es una injusticia ya justificada que no se les valore por lo que hacen. Mientras el técnico está por la lección (primaria) de darle un sentido coherente al juego, los directivos ya se imaginan en situaciones críticas. Y egoístas por intentar driblar el papel que realmente les corresponde, consiguen, una vez más, que el malo sea el que más se ha esforzado para que la situación cambie. Si un día un entrenador sienta a perpetuidad a un jugador por ser el más afanoso, posiblemente lo encierren en un manicomio sin cobrar el finiquito, claro.

Pero el esfuerzo de un entrenador por lograr calar una idea sólo se verá reflejado por la intensidad con la que sus jugadores la representen en el campo. Hoy, más que nunca, esto deja de ser una metáfora. Y lo espectacular del talento y el ritmo esconden en este caso todos los pasos intermedios durante los que son castigados la mayoría de los preparadores.

Agotados de ver el esfuerzo de Di María el pasado sábado, no se debe olvidar que hace tres años el argentino era sólo un galguito que mostraba intermitentes detalles de calidad en el Mundial Juvenil de Canadá. Hoy, claramente, tiene otras cosas que algunos, acertadamente, intuyeron que podría absorber. El joven zurdo no fue siempre así.

La diferencia y la incoherencia del juego

Y sin embargo, se muevan o estén parados, los talentosos siempre han decidido partidos. Las trayectorias también son cosa de ellos, gracias al afán de protagonizar y a la ambición de más logros, que pueden empujar a cualquier pequeñajo de bueno toque, mirado con desdén por algunos especialistas, a dejarlas inmaculadas.

Pero el juego es el primero que discute las carreras lustrosas. Hoy el chaval que debuta, y que se siente desprotegido, sólo tiene una dirección: el instinto pide darle la pelota a Ortega, pero esa no es siempre la mejor opción. Y al técnico, que debe deliberar entre el juego y la jerarquía, se le ha concedido una autoridad infinitamente menor que la que tiene el instinto.

22
nov 2010
SECCIÓN Deportes
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