La felicidad

Edson Arantes do Nascimento recibió su seudónimo sin entusiasmo, y aún hoy no revelan sus ojos, cuando le preguntan por ese momento y título ofrecido por sus inverves coetáneos, una pasión especial. Pelé fue fruto de la imaginación infantil y sólo así, ante un apelativo sin significado previo pero cargado de simbología, se puede entender toda la fantasía que brotó inconscientemente o que se erigió desde la exigencia. Si unos, posteriormente, le ganaron al tiempo, el diez perfecto sobre blanco no tuvo la culpa de ser, él mismo, su mayor obstáculo para preservarse.

No es que no hubiera jugadores duros en su época, pero la organización sistematizada para atajar cualquier atisbo de creatividad alcanzaría sus cotas más altas de consolidación en años y décadas venideras. Porque Pelé podía en ocasiones dar sensación de desapego a lo que sucedía durante el partido, y que así solo fuera por el preludio en la lucha interna entre la invención y lo debidamente articulado. Tanto si la acción genial fue producto de una como de la otra motivación, los polvos mágicos en la estela de la misma verifican que en esa exigencia se sustentaba el deber, el resultado de la suma. Edson Arantes do Nascimento, Pelé, siempre dirá que disfrutó haciéndolo.

Edson rindió a lo largo de los años pleitesía al título más sincero. Un palmarés inabordable que sólo se difumina tras la bruma del tiempo y la desagradecida actualidad. Por eso, como protesta ante lo eventual que usurpa, y por más pomposidad que se le dé, César Luis Menotti aclaró hace unos días que Pelé fue el jugador más grande de los que vio –y, en su caso, compartiendo camiseta- y que su talento aunaba el de todos aquellos grandes que se nos pueden venir a la cabeza. Un golpe encima de la mesa de una voz autorizada frente a todo aquello que pretende desalojar la trascendencia a su gusto. Y lo dijo el paisano rosarino de un Messi que acaba de gana su tercer Balón de Oro. El pequeño zurdo que acelera y guía con la pelota a tanta velocidad como nadie haya visto hacerlo antes. Hoy la mayoría de la gente sabe que Messi es el mejor y no se se para a valorar en la austeridad de su diferenciación. En un deporte que se obsesiona cada vez más en reducir las opciones del rival, el argentino aplaca esa búsqueda con la medicina más simple y directa (concretando que solo es aplicable en la práctica por los elegidos y en la imaginación por cualquier transeúnte): velocidad, regate directo y escasísimos arabescos. La pomposidad, lo dicho, la dejamos para la gala de la FIFA.

Me dicen: “… Sí, pero Pelé no tenía la precisión en su bota derecha que sí mostró Maradona con su zurda…”; “… No se puede comparar. Cuando Messi arranca todos los grandes de la historia se quedan siguiéndole el rastro…”. ¿Pero quién se ha preguntado si Pelé necesitó ser tan preciso como Maradona? ¿O si Maradona requirió de la velocidad de Messi para marcar esas diferencias? De lo que no hay duda es de que alguien con un talento inusual para una disciplina disfruta practicándola por encima de todas las cosas. Si nos preguntáramos quién ha sido más feliz, parece que Edson no dio saltos de alegría cuando los otros niños de Baurú comenzaron a llamarle Pelé…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>