La generosidad

A la hora en que el Barcelona estaba dando uno de los mayores recitales de la historia del fútbol frente al Santos, Miguel Ángel Sáinz-Maza (Santoña, 6/1/1993) anotaba uno de los goles que mejor sintetiza los poderes de su repertorio: arrancada en potencia, una bicicleta para amagar, otra para acomodarse y una tremenda sacudida con la izquierda, su pierna mala, que paradójicamente posó el balón en la escuadra.

Una jugada de finalización, individual, pero, eso sí, con un recorrido inverso o, mejor dicho, discrepante al que surca la pelota entre piernas de rivales en los innumerables enfrentamientos que tiene el Barcelona cada fin de semana. Porque es la generosidad bien entendida el principal secreto del primer equipo y su catarata de filiales. No solo por el comportamiento de unos jugadores que huyen del protagonismo mal entendido, sino por su forma de entender el juego, que aúna un comienzo de buenas intenciones con un desenlace de indigestas sensaciones para el rival; si fuera en un gesto, primero te pone esa ingenua cara de niño para después liquidarte.

Miguel Ángel llegó esta temporada al Juvenil A del Barça procedente del Racing de Santander. Es un jugador de buena pierna derecha, gran presencia y potente carrera. A simple vista, repasando algunas imágenes suyas, sus cualidades tienen poco que ver con las diagonales que se dibujan en su nuevo club, sin que la pelota las remarque en compañía del jugador. En el primer equipo, tan solo Messi es el sabio y discordante abusador del eslalon individual, porque, ¿quién tuvo mayor índice de efectividad en sus intentos? Sin embargo, después de valorar las virtudes y el previsible recorrido del cántabro, el Barcelona lo ha incorporado sabiendo que en su capacidad puede quedar un espacio para la adaptación de otros automatismos que, alejándose de la opinión establecida, enriquezcan y potencien sus virtudes. El estilo de su nuevo club tiene unos mandamientos inamovibles que, para no ir en detrimento de su progreso, debe matizar con otras aportaciones. Se sabe que quien reniega de la base de munificencia, que es su juego, rápidamente encuentra la salida, algo que no es óbice para continuar esa eterna búsqueda hacia delante.

Así, la evolución parte de la creencia en las virtudes por encima de las limitaciones. Un salvoconducto totalmente contrario al que viaja creyendo en el éxito de la autosuficiencia, que es el origen del reduccionismo o la más absoluta simpleza. Más que en cierto modo, el  domingo se enfrentaron esas dos formas de entender la vida, no sólo el fútbol. Pero el 14 de agosto ya vimos un pequeño esbozo de lo mismo y que, de alguna manera, justifica el proceder de la primera corriente. Es muy complicado ver a un equipo encerrar a una selección brasileña durante casi la totalidad de los 120 minutos de un partido con prórroga. La selección española, con su querencia del balón, y la brasileña, escudándose en su suficiencia física, se enfrentaron por un puesto en las semifinales del Mundial Sub-20. Aquel día, producto de la fatiga de los españoles y del gran talento del portero brasileño, los penaltis dieron aire a un equipo que debería encorajinar a cualquier observador.  Este Barcelona es posiblemente el mejor equipo de la historia porque intenta progresar a través de una vía, pero Brasil alcanzó, hace ya demasiado, cotas similares, seguramente, sin una apuesta tan estudiada. Lograron un nivel que, gracias a la perspectiva que nos da la historia, para muchos, en aquel país, fue fruto de la inconsciencia del talento, que se sitúa frente a la sapiencia de la táctica que encauza la superioridad desde lo físico. Se abusó del pensamiento de que ese talento es una cualidad ignorante incapaz de adquirir matices y, sin embargo, Brasil sigue teniendo esa población ingente que a poco que la agiten es capaz de poner algo de ritmo.

Miguel Ángel Sáinz-Maza en el Barça.

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