La honestidad

¿Valía la pena esperar 18 meses para seguir constatando lo que se esperaba? Aunque son preferibles los hechos a las palabras, ¿valoramos más la desmedida agitación argumental o el cuidado estético del discurso? No importa, son solo divagaciones. El actual entrenador del Real Madrid sigue pensando más en sí mismo y constatando que omitió a aquellos que anhelaban su conversión al molde que ese cargo ha fraguado de forma legítima a lo largo de los años. Y, sin embargo, fueron aquellos los que con más razón se pronunciaron y, si conservan su discurso, latente como justa es aún su argumentación.

La personalidad del actual técnico del Madrid pasará a la historia por sus dos vertientes: la que ha agotado a su entorno más público y la que le ha otorgado los éxitos profesionales. En este punto, y ante sus indudables condiciones como líder, es acertado lamentar su rigidez para la adaptación: su discurso resultó repetitivamente obsoleto y le dio la espalda a esta excusa.

“Necesito esa sangre”, fue la excusa para esa excusa. Bielsa y Guardiola frente a frente. Adentrándose en ese conflicto, con las heridas aún a flor de piel, las personas se humanizan más desde la honestidad. La crispación y el hermetismo no son ajenos a la persona, pero inclinan de forma descendente el matiz. Y uno puede crisparse y ser honesto, y subir un escalón al hermetismo, pero también caer rodando si es deshonesto. En su dilatada carrera profesional, los discursos de Marcelo Bielsa han derivado de la densidad y la humanidad, a flor de piel, a la condensación y el pragmatismo. Cuidó y cuida, ya en otro espacio y dimensiones, la precisión de sus palabras. Jamás se obsesionó con la estética pero si cayó, así lo creyó, en el alzamiento pasional de su forma de obrar. Se expuso y se dañó, pero la pasión se lleva primero por dentro y se adaptó. Fue Guardiola el que le dijo a Bielsa que la necesitaba.

Apenas tres preguntas y tres respuestas. Subrayar que “el equipo jugó de igual a igual hasta la expulsión” y que lo sucesivo  hizo merecedor de la victoria al Madrid. Elude los análisis que obedezcan a una síntesis de la trayectoria del equipo para centrarse en los últimos noventa minutos. No alimenta a ese entorno, y tampoco se puede creer que él se complazca así. Será que cree que es lo conveniente y ya está. De puertas para adentro se puede concluir que ha perfeccionado su método técnico desde la profundización. Todos los pasos entre lo casual y lo intencionado no se han dado para beneplácito del entorno, ni siquiera esa visita de Guardiola a Rosario -en un mundo en el que todo son coincidencias y nada es casual- lo trajo hasta aquí. Entre la maleza y la espesura de la intervención del actual entrenador del Real Madrid desalojamos de la coraza de crispación su afirmación de que “tenía la sensación de que el equipo iba a ganar”. Un testimonio tan diáfano y sincero que aún pudimos rescatar de la oscuridad del bosque.

24
ene 2012
SECCIÓN Deportes
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