La vida se mide por desgracias

Es curioso. Los seres humanos hemos ideado sistemas para medir el paso del tiempo desde hace miles de años. Hay estaciones, hay calendarios, hay cumpleaños… pero al final, cuando uno vuelve la vista atrás su vida parece formada sólo de recuerdos que sobresalen más que otros. Algunos son de carácter personal, otros son hechos que han pasado a la historia, pero la mayoría suelen ser negativos. El accidente de hoy en Valencia posiblemente dejará en muchos una de esas huellas.


Y es que, por algún motivo extraño, resulta que las desgracias se nos quedan grabadas a fuego en la mente. Dicen que el olvido es un mecanismo de defensa ante las cosas negativas que nos ocurren a todos, pero a la hora de la verdad hay cosas que uno preferiría no recordar y que siempre quedan ahí, al fondo del pensamiento, listas para que cualquier tontería te las recuerde. Recuerdo perfectamente los atentados del 11-S y cada vez que voy al CC Gran Turia me acuerdo de estar viendo cómo se desplomaban el World Trade Center en el escaparate de una tienda de electrodomésticos. También recuerdo el 11-M, en mi caso contado por la voz de Iñaki Gabilondo una mañana, mientras todavía intentaba liberarme de las sábanas. Y siempre que veo un partido de la selección italiana me viene a la cabeza la imagen de Luis Enrique ensangrentado y llorando.

Hay otras cosas más personales que también atacan de repente en el momento más inesperado, a traición, por la espalda… Recuerdo como si acabase de vivirlo el velatorio por la muerte de mi abuelo. Recuerdo que fui a recoger al coche de mi padre los zapatos con los que iban a enterrarle al día siguiente. Me acuerdo de todo eso y de verle sentado a la puerta de la casa del pueblo, con el bastón entre las manos y los ojos entrecerrados por el sol, saludando con un leve movimiento de cabeza a todo el que pasaba.

A partir de ahora, supongo que cuando coja el metro, algo que hago a diario, recordaré a las 34 víctimas de hoy. De momento son personas anónimas, entes sin cara, sin vida propia, sin intereses, preocupaciones, hijos o padres… desconozco si alguno de ellos ha estudiado conmigo, o si nos hemos encontrado en la cola de un cine. De momento sólo son 34 personas que hacían un trayecto que yo he hecho dos veces al día en los últimos cinco o seis años.

Se dice que el accidente lo ha provocado el exceso de velocidad. Un “fallo humano”, que es el eufemismo empleado por los medios de comunicación y por los responsables políticos. Es posible que, si el conductor ha conseguido salvarse, se enfrente a juicios y al rencor de muchas familias. Personalmente, creo que la carga que va a llevar sobre sus hombros el resto de su vida es castigo más que suficiente. Seguro que a él y a todos los que hayan vivido la tragedia este mal recuerdo también les asaltará por las noches y les creará un nudo en la garganta. Seguro que el olvido tardará mucho en funcionar para aquellos que hayan perdido a alguien. Mis condolencias para todos.

03
jul 2006
SECCIÓN Miscelánea
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