Naturaleza y rasgos extremos

El estado más natural de los jugadores importantes de las tres mejores selecciones europeas en el pasado Mundial de Sudáfrica muestra rasgos claramente diferenciados. Alemania, desde su inquebrantable solidaridad y prestancia física, se muestra ágil cuando puede aprovechar los espacios. Holanda, sin la imponente constitución de los primeros, se desarrolla a partir del entusiasmo ofensivo de unos jugadores que a mucho ritmo en ataque se pueden sentir superiores.

Ahora tocaría hablar de España, pero detengámonos un momento aquí. Volviendo al segundo partido de la selección naranja en la primera fase de esta Eurocopa, podemos recordar las imágenes en las que los holandeses regalaron no solo el espacio que Alemania aprovecha mejor que nadie gracias a su rotundidad. Un error de concepto grave que el equipo de Bert Van Marwijk asumió previamente, e intuimos con qué fin, pero sabiendo que de esa manera hipotecaba el partido, porque maniataba la esencia de sus jugadores en favor de la de un equipo difícil de perturbar.

Sobre la esencia, también Francia

Vimos a Nasri desenvolverse como nadie en esquinas de una superficie menor a la de un ladrillo. Con 16 años ese espacio era tan suyo como de cualquier otro que se desempeña ahí mirando a los ojos de sus rivales. Se trata de una naturaleza poco habitual que además busca su salida hacia el marco rival, aunque, con el paso de los años y las dificultades que proponen rivales más curtidos,  al final el jugador dé la medida que la realidad le tiene guardada.

En 2004, Francia había juntado una generación de juveniles que hasta hoy no ha vuelto a encontrar. Eran los chicos de 87 y un buen puñado de ellos están hoy en Ucrania. Sus tiempos, aquellos tiempos, no se han mezclado todavía porque alguien ha estado en la búsqueda de algo que se aleja de la realidad. Y el tiempo pasa irrefrenablemente más rápido para aquel que vive pendiente del éxito pasado.

Francia se llevó en aquel 2004 un Europeo frente a una selección que fue mejor en el partido, España, pero que no contó con la iluminación de Nasri a pocos minutos del final. Aquel encuentro de Chateauroux enfrentó a un equipo con una idea más diáfana de juego frente a otro en perpetua atención por lo físico, cuando realmente contaba con un puñado de jugadores que se han formado a sí mismos, en lo que al balón se refiere.

Puede ser realmente entendible la difícil mutación de algunas cosas, porque la victoria deforma más que fortalece las convicciones. Francia fue durante un largo periodo de tiempo un corcel guiado por un solo aunque sabio jinete. Una selección de gran potencia atlética con un faro, Zidane, que la encauzaba siempre de alguna manera. Era tan evidente esa asociación que, cuando la luz se apagó, cuesta entender, o no, lo que ha quedado después.

Así, hay que volver hasta ese 2004 para volverse incrédulo y no ver en el horizonte los ocho años desperdiciados. La más pura esencia del fútbol le regaló a Francia un relevo que irremediablemente ya no ha podido aprovechar en toda su expresión. La dicotomía entre el talento y lo físico pervive en lo futbolístico como lo mundano y lo mítico en el mundo antiguo, y, en aquel país, parece que los que tenían que actuar no lograron entender nada.

Nasri y todos aquellos chicos acabaron en otros países y siguieron con su fútbol autodidacta.

Toca hablar de España

El talento al servicio del equipo. Hablamos del balón. Si nos referimos a un jugador hábil, es irremediable relacionarlo con su capacidad en el uno contra uno, pero muchas veces obviamos que antes de eso hay un gesto para poder controlar el balón y a partir de ahí dominar el juego, y quién sabe si el tiempo y el partido.

Pero volvamos a ese primer gesto técnico al que irónicamente se ven abocados la mayoría de los jugadores hábiles, ignorando que en el fútbol de hoy, si no se es Messi, en la mayoría de ocasiones ese recurso se convierte en una función secundaria. Porque el campo es lo suficientemente grande para no cometer el error de obcecarse una y otra vez en realizar lo que el rival quiere. Aunque sobra decir que el regate es un arma muy válida, utilizada en el lugar correcto por el jugador idóneo.

A España se le achaca falta de verticalidad. Así que con estas anteriores líneas es posible que se pueda entender que de la virtud se engendran defectos. El jugador hábil se siente cómodo con el balón y cuando se le prohíbe acomodarse en su virtud, sus rasgos más extremos se agudizan y se vuelve más individualista, anárquico.

No es el caso de España. Sus jugadores tienen como principal misión tramar desde la posesión. Así, todo se vuelve más meticuloso. Si el rival se encierra y se niega a jugar con esa misma preferencia, todo puede llegar a parecer intrascendente, pero siempre desde el control. Y si ante una situación similar España consigue hilvanar, la geometría de este juego adquiere más sentido que nunca y el futbolista siente revalorizada una función que nunca adquiere más profundidad que con el balón en sus pies.

En este deporte hay que separar los momentos de los recorridos. El arrebato de un jugador puede salvar un momento, o un partido, para un equipo. E incluso alterar un recorrido, aunque éste haya sido pedregoso. Pero el sostén que supone verse arropado de una idea tejida desde la naturaleza del jugador, puede reconfortar a todos los agentes en juego y la felicidad de una época siempre va a prevalecer sobre el placer de un momento.

23
jun 2012
SECCIÓN Deportes
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