Salerno, Italia

Rondaba el ecuador de la segunda mitad cuando Alessandro Del Piero (Conegliano, 9/11/1974) todavía calentaba en una banda del estadio Arechi de Salerno. Estaba  a punto de entrar mientras reía con cierta ironía las indicaciones del ayudante de Antonio Conte, actual técnico de la Juventus de Turín. Unos gestos que claramente aireaban el desencanto por una situación que le irrita, viéndose relegado a un papel secundario, y por lo que estaba sucediendo en el terreno de juego.

El Betis de Pepe Mel llevaba buena parte de los minutos jugados apretando la salida de balón de una Juve que finalmente no se llevó un escarmiento por la falta de atino de los atacantes verdiblancos. Cuando Conte, definitivamente, decidió dar entrada a Del Piero, la grada de Salerno explotó de alegría porque creían prever que una vez más el talento de su veterano ídolo les sacaría del atolladero.

Durante buena parte del dominio bético habían llegado a silbar la inoperancia de su amada escuadra del norte, incapaz, en muchos momentos, de sacudirse la ambiciosa presión andaluza.

Con el rugido ante la entrada del media punta se pudo sentir un rubor de angustia por la deriva en que se ha convertido el transitar de los piamonteses en los últimos tiempos. En sus primeros minutos, con una mezcla de pundonor y rabia que rozaba la chabacanería, Del Piero se hizo con el mando de las operaciones gracias a la complicidad de un público que suplica la vuelta de mejores tiempos para su denostado equipo, tan laureado en épocas pasadas.

Un control de pecho y remate intuitivo, que desvió ágilmente con el pié Casto, y su brusca reacción a empujones ante la marca de los defensas en el consiguiente córner no evitaron que la Vecchia Signora volviera a caer minutos después en la telaraña diseñada por Mel, donde el balón, la eterna cuestión, tiene un valor primordial.

Y si no fuera por éste no se podría explicar como un jugador que necesita dar tres pasos más que la mayoría de los juventinos para avanzar el mismo terreno sea el ojito derecho de Pepe Mel. Sí, porque al entrar en contacto con el esférico el tiempo se multiplica para unos y vuela para los otros. Sergio Rodríguez (Sevilla, 7/9/1992), con esa menuda figura, conoce casi todos los secretos del balón y el técnico madrileño ve en él un futuro baluarte para blindar el más preciado valor del sistema de juego bético: la posesión.

En el otro lado, hace no demasiado tiempo, los turineses tomaron la decisión de prescindir de otro jugador de poco tamaño pero de gran presencia ofensiva. La justificación para deshacerse de Sebastian Giovinco (Turín, 26/1/1987) puede quedar muy bien expuesta con lo rudimentario del juego del equipo italiano, claramente visualizado en el encuentro de Salerno.

Ahora, ante la falta de criterio en la posesión, la Juve se ha hecho con los servicios de Andrea Pirlo (Flero, 19/5/1979), que durante muchos minutos del partido dio la sensación de jugar por su cuenta, con una exagerada anarquía. Está claro que habla un idioma futbolístico muy diferente al de sus compañeros.

El fútbol italiano vive un momento de impasse. Mientras algunos clubes han tomado la determinación de cambiar su modus operandi en lo futbolístico, otros viven anclados en la idea de ignorar la organización del equipo a partir de la pelota o en las dudas de hacia dónde avanzar.  Esto no es novedad y seguirá pasando, tanto en Italia como en otros lugares.

El actual seleccionador azzurro, Cesare Prandelli (Orzinuovi, 19/8/1957), ha dado un paso al frente y busca una evolución en el juego. Los nombres que llenan sus listas para los partidos evidencian un predominio del futbolista con buen manejo, pero las batallas importantes están por llegar. Y aunque los últimos resultados han sido esperanzadores, todos sabemos cómo duelen las derrotas en un país que durante décadas, mayoritariamente, ha terminado refugiándose en su rigor defensivo.

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