Se apagó una luz

No igualó a lo que pasó en Cartagena –donde se apagaron repentinamente las luces de las cuatro grandes torres-, pero una, la de cualquiera de las cuatro esquinas de El Campín se fundió de golpe. El estadio bogotano no verá más fútbol hasta la final y el partido por el tercer y cuarto puesto, y en ellos no estará una de las patas de esta mesa: Colombia.

Demasiado recurrido, pero es cierto: la cabeza fría es clave para superar unos partidos sin margen de error que, debido a la sucesión de los mismos, convierten un Mundial en una competición de ultrafondo. Casi convenimos que Colombia, peso a peso, es una de las tres selecciones con más talento del torneo, o era. Por el contrario, también era notoria su tendencia a convertir los partidos en una caja de truenos, donde uno no sabía cuando iba a llegar la nueva e inquietante sorpresa.

Colombia se fue con James, con Muriel, Ortega y compañía, y deja mucho más huérfano al torneo que si se hubiese ido cualquier otro equipo. Colombia se va y nos sigue quedando la duda de lo que pasa con ese balón: tres de los goles del partido de cuartos contra México nos hacen sospechar de un esférico que pasó tan cerca de los porteros (y no es la primera vez) que ponemos el dedo en lo material más que en lo personal.

El primer partido de cuartos se preveía incluso más igualado. Portugal había mantenido una línea sin estridencias y Argentina, a la que le costaba mucho crear en conjunto, contaba con tres zurdos que podían solucionar la papeleta: Lamela, Iturbe y Luque. Los penaltis, finalmente, secundaron la opción discreta de Portugal que, contra pronóstico, se quedará hasta el fin de semana en el país sudamericano.

Hoy quedarán cerradas las semifinales. En el primer turno, Francia, que dejó fuera, con una buena dosis de suerte, a Ecuador, tendrá que vérselas con los rocosos nigerianos. Los galos han sido más irregulares, pero esa capacidad de sorpresa es la que puede hacer dudar a unos africanos que, tras una primera fase casi impoluta, comenzaron a mostrar debilidades ante Inglaterra, que podía, perfectamente, haber forzado la prórroga.

En el último turno nos espera el partido de las canteras: Brasil-España. El, posiblemente, mejor semillero de Sudamérica contra el país que más títulos ostenta, con diferencia, respecto al resto en categorías inferiores en Europa. Esta puede ser una realidad, la otra, más cercana y lógica, nos muestra dos equipos que llegan a esta “final” anticipada con pasos distintos. Si bien realizaron primeras fases similares, en octavos, España sufrió para vencer a Corea del Sur. No tanto por el peligro que crearon los asiáticos y sí más por la falta de ritmo y velocidad habitual en las selecciones españolas.

Brasil también sufrió en su partido de octavos, pero sólo los primeros 45 minutos. En el primero de la segunda parte abrieron el marcador y también el partido. Desde ese momento, el encuentro se convirtió en una autopista para la pegada de los sudamericanos. Su rival, Arabia Saudí, había destacado durante el torneo por ser un equipo alegre y atrevido en ataque, incluso más que los brasileños, pero cuando las cosas se pusieron feas, mostraron su falta de experiencia y no tuvieron opciones ante la ya cada vez más habitual consistencia carioca.

El que venza esta madrugada (en Europa), seguramente, puede decirnos mucho de su futuro devenir en el torneo. Si lo hace con cierta autoridad adquirirá una confianza clave para el resto de encuentros y acentuará la atención en ese lado del cuadro.

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