¿Qué queda?

El Madrid fue un arrojo de identidad. Y el Barcelona fue una víctima del consumismo. Erraríamos una vez más si pretendiéramos analizar el partido como si el buen hacer de unos invalidara la presencia de los otros en el campo. Esa no es la realidad. Por más que queramos reducir las cosas, cada uno es responsable de lo que hizo y de lo que no hizo, y lo más importante: ¿por qué? Y aún así, siempre nos dejaremos algo.

Salvo aquellos pequeños matices que moldean el planteamiento, el Madrid jugó ayer  aproximándose más a lo que la identidad de sus jugadores pide. No hay juego más sincero que este, y más práctico, si se desarrolla en casi todas sus formas. Fue una sensación saludable para la vista y para la activación de la competición. Ir de cara es lo que hace crecer a los equipos.

El Barcelona comenzó desactivado y en la segunda mitad, esa ya acentuada inacción, le pudo haber costado la eliminatoria. Y podía no haber sido injusto. El Madrid realizó una gran presión sobre la salida del balón del Barça que, además, cuando había conseguido sacar el balón de su defensa veía como algún delantero del Madrid se añadía al medio campo para crear una línea de cinco que atormentó a Xavi en muchos momentos del partido. Por diversos motivos, al Barcelona le faltó la chispa con la que al darle velocidad al balón suele salirse de esos fregados. Y, sin embargo, en los últimos veinte minutos de la primera parte demostró, en una sucesión de acciones de trámite, el valor superior de saber aguantar la pelota bajo esa tormenta intensísima. Pero la llama solo asomó a chispazos, aunque la suerte les dejó con dos arriba.

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26
ene 2012
SECCIÓN Deportes
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