Tras la efigie de Deulofeu

Son pocos los jugadores que marcan ostentosamente el juego de un equipo. Tanto por la brillantez de sus gestos o por como desde ese estilo dan coherencia a todos los movimientos de sus compañeros, es escasa la aparición de futbolistas de esa jerarquía. Pero los hay. Y una gran cantidad de ellos se muestra natural en su forma de procesar el juego, y los otros son los de aquello que equivaldría al silencio en la música, lo que en el fútbol es la parada para mirar al rival de frente.

Unos son naturales en su proceder y otros interrumpen su acción como modo de enfatizar y de hacerse notar, recalcando su jerarquía.

Oliver, Campaña y Suso tienen la responsabilidad de orientar la jugada en esta Sub-19. Y aunque no se pierden en gestos protagónicos, es inevitable observar la destreza en la incidencia del juego del primero y el último. Desde su gran tobillo derecho, Oliver se muestra como un entusiasta del juego, capaz de aportar dinamismo a cualquier equipo. A pesar de sus aparentes limitaciones físicas, es un voluntario incansable a la hora de dar sentido al juego con balón.

Por su parte, Suso debería ser la anarquía con esa zurda aparentemente tan recargada en sus gestos, aunque en la mayor parte de los 90 minutos huya del protagonismo y se esconda en labores de interior. Aun así, le cuesta disimular sus enormes dotes para la conducción del equipo con esos formidables cambios de juego. De esta manera, él sí se queda a medias y tampoco admite dotes de caudillo.

El de en medio, Campaña, lleva la sobriedad incorporada desde una edad muy temprana. Juega con el corsé y con la más pura acepción de funcionarial encima. Sí es solvente en el plano técnico, pero también, hasta hoy, ha preferido situarse en la antítesis de la efigie.

El jugador talentoso español siempre ha carecido de afán protagónico, porque ofrecerse para darle salida a lo que el compañero no puede solucionar es más propio de la generosidad. Un gesto de más, un paso afuera del compás, es una rara avis que en nuestro fútbol habita o parte hoy desde el costado.

Cuando Deulofeu inicia una de sus carreras fulgurantes, parece dejar atrás aquello que hace unas décimas parecía adquirir todo el sentido, y lo tiene. Pero es la sensación que puede dejar y el precio que este talento hace pagar hoy de peaje.

Porque Jesé, aunque también habita en el campo como alma solitaria, no sacude el transitar natural del juego de España de forma tan brusca. Al canario se le advierte también una dosis de peligro diferente a la de sus compañeros, en los últimos metros, pero no se muestra y anuncia lo que va ocurrir antes de que ocurra como lo hace el talento catalán. E incluso, Deulofeu enmarca sus acciones de forma clara: cuando recibe posiciona el cuerpo alertando de que va a iniciar su acción, no solo habla con el tobillo, y si la finaliza con éxito, en su celebración siempre hay un gesto para la reclamación a un espectador abastracto. Un cuadro enmarcado y esto último como firma de la obra.

Con el sello de sus protagonistas, no podemos evadir que este grupo de jugadores sea uno especial entre tantos. En su proceder no está el pasar por aquí de forma intrascendente. Y hablamos en plural, porque aquellos que huyen del protagonismo y se acomodan en la naturalidad ya no podrán evitar recordar que jugaron con quien jugaron.

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