Un día en la selección

Tras el cabreo de la derrota en Wembley, el regusto que inicia estas líneas es el del coraje final en San José. Y también acabó así la selección española en Londrés, empecinada en marcar un gol como fuese, pero la ingenuidad no premia. El argumento de que jugaron a medio gas, es cierto; de que tocaban y tocaban sin permear, indiscutible; y de que adolecían de tensión competitiva, una realidad.

Pero es más importante la percepción que queda de que esos partidos no les sirven a unos jugadores que (salvo en casos de reivindicación como, por ejemplo, Silva o Cesc) tienen que seleccionar, ante la abusiva cantidad de partidos, donde poner todos sus sentimientos y sentidos.

Otro problema deviene cuando el aficionado y el profesional van dando pasos distintos. Aprovechándose de efemérides y surcando en el desván repleto de los símbolos, a alguno se le ocurrió recordar la lección de los húngaros en Wembley (noviembre del 53) –aquello también fue un amistoso- o lanzar así, presuponiendo brillantes, las andanzas del Brasil del 70 tras su exhibición en México. Pero son recuerdos que tras su transcurrir por la bruma de las décadas llegan a nuestra mente un poco distorsionados. La selección húngara de los cincuenta venía y no había llegado ya, como la nuestra; eran los magiares, con un equipo bárbaro, los que todavía tenían que escribir su historia. Finalmente, jugaron la final de un Mundial pero no consiguieron el título. Tras aquel campeonato sus jugadores se diseminaron por Europa y, como muchos saben, Puskas llegó a jugar con España. En el caso de aquel mítico Brasil, a alguno se le caerían los mitos si repasara su trayectoria tras la cita imborrable. Poco tuvo que ver esa selección con la que después jugaría en Alemania 1974 y en alguno de los amistosos, como el de la renombrada despedida de Pelé en 1971, Brasil empató a dos con Yugoslavia en su templo, Maracaná.

Cuando un aficionado se sienta un sábado en el sofá para ver a su selección en Wembley, espera algo más que el sesteo de la primera mitad. Y reparar en que se trata de un amistoso no consuela la frustración del hincha. Aunque se pueda entender la tendencia a desactivar el botón de alarma, sin competición de por medio, no está de más recordar que los amistosos de selección no son comparables a los de clubes, y que, cuando llegue la fase final, el formato no será tan generoso con el talento o la capacidad de un equipo como lo es la Liga. El fútbol de selecciones viaja con la simbología, las efemérides y los momentos. La competición de clubes se desvanece con el bullicio de la cotidianeidad –reconociendo que hay gente que no sabe vivir sin ella- hasta que llegan algunos momentos. Un día cualquiera en la selección no es un día corriente en un club.

 

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