Un juego de precisión

Una de esas supuestas verdades; un aparente mandamiento a la hora de vertebrar el juego, se ha vertido como la llave que abre los conductos: “la velocidad es el secreto”. ¿Cuántas veces es capaz Gonzalo Higuaín de tirar desmarques que sorprendan en diagonal y a una gran velocidad? Sí, ese es un gran valor dentro de las facetas que ha de mostrar un delantero

El gesto del argentino cuando las cámaras le enfocan, tras una intervención suya, no difiere mucho del que muestra antes de entrar en acción. En el proceder durante los minutos que le toca disputar, el rostro del prominente atacante es casi invariable, porque desde que tiene uso de razón sabe que de esa inmutabilidad depende la eficiencia de su juego, por lo que muchos creen que no se concede demasiado tiempo para pensar, si es que lo tiene.  Su discordia y litigante, cuando en su tiempo y velocidad es la que realmente mueve los hilos, anda irónicamente de forma cadenciosa y de vez en cuando le mira a los ojos. Porque, al parecer, la precisión es caprichosa y no es fácil saber por quién se ha decantado.

En la obsesiva red que Marcelo Bielsa teje minuto a minuto las 24 horas del día, la precisión a máxima velocidad es el objetivo claro que sabe que nunca alcanzará. Por obcecada, no es la meta la que, sobre todo, nos pueda atraer hacia su método o proyecto, sino cómo la hilvana. De lo que podemos apreciar del argentino a lo que nos dice Joaquín Caparrós no hay tanta distancia, según observemos. El entrenador sevillano, en sus palabras, se “empapa del día a día del club”. Y aunque sus métodos y objetivos difieran mucho de los de su sucesor en el Athletic, su sentimiento por la profesión puede equivaler, para los aficionados, a las ansias por volverlo a ver al frente de un equipo. A punto está de dar un empujón a algún juvenil que pocos conozcan pero que tiene hechuras de jugador de Primera

Caparrós cogió un día de la pechera a un crío de 14 años y se lo llevó a hacer la pretemporada. Iker Muniain era, por encima de todo, un crío que se giraba más rápido que nadie con la pelota pegada al pie. A partir de ahí todo se destapó como un traspapeleo de sección de su mapa genético y del geográfico. Un día se le escapaba un control sencillo y al otro la bajaba como los astros; ayer la tocó hacia atrás cuando debía ir hacia delante y mañana se marcará una carrera irrepetible. Muniain se crió y mamó el fútbol en la Chantrea –que puede ser un incipiente foco de efervescencia del talento-, que  no es ni Villa Fiorito ni un baldío de Rosario. Mientras la genética le otorgó los dones para ser un nuevo genio de la villa, el destino lo mandó florecer en un lugar donde el ramillete de capacidades técnicas no se forja de manera tan compacta. Así, mientras se fragua, siempre habrá que tener en cuenta que ya los tiempos no son los mismos; que él no estuvo allí y que habrá que disfrutar de su fútbol como corresponda.

 

 

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