Un Víctor Fernández más real

El poso |Hubo un tiempo en que agarrarse al mástil de la bandera que ondeaba con brillo el rostro de Víctor Fernández era demasiado sencillo en este país. Era, decían, la bandera del buen fútbol, aunque realmente era la de algo difuso a medio camino entre lo figurado y lo real. Los medios, aquí, siempre ahuyentándose del poso, circunscribieron en su permanente estado de fiebreescalera3 y entusiasmo que así iban a utilizar la figura de aquel joven técnico aragonés. Hoy, pasados unos lustros, dirige al Deportivo y, aunque en tiempos no tan lejanos tuvo algún paso de mérito por diversos equipos, sin contar, claro, su primera e histórica etapa en Zaragoza, este Víctor Fernández se acerca más a lo real. No es sencilla su tarea, pero, hasta por imposible que parezca, solo por haber colocado a Juan Domínguez y a José Rodríguez como pareja de pivotes merece la pena atender a sus actuales intenciones. El poso, que se adquiere desde la independencia y alejado del ruido, le confiere sensatez a su osada apuesta.

Samper, un vértice de cuatro puntas | Centrándose solo en la segunda mitad, atendiendo al ingreso de Juan Cámara, se pudo apreciar que la insistencia en esa casa roza lo febril. La punta derecha fue para un torbellino como Adama. Un extremo, sí, pero la explosividad no es el lenguaje habitual de allí en los últimos años. De todos modos su matiz es realmente efectivo. Lo demás, Halilovic, ofreciéndose y lanzándose hacia arriba; Cámara, y su también zurda, abriéndose y por dentro cuando tocaba. Y ya, cuando finalmente ingresó Bicho, la escena se volvió más grotesca. Una repentina obsesión por los zurdos, que se empieza a explicar por el caminar lánguido y la figura encorvada de cura de un estilista diestro como Samper. Él es el vértice de una nueva obsesión. Otra rareza del fútbol de hoy que sin embargo es tan nuestra.

 *Planteamiento dispuesto en el Barcelona B-Sabadell (30/8/2014)

Para ponerse en valor, hay que irse | La realidad de la mayoría de futbolistas que escalón a escalón van incrementando su proyección tiene que ver con una marcha. Fueron promesas, como lo era Jairo Morillas (Gilena, 2/7/1993), el segundo o tercer delantero de la selección a finales de su etapa cadete, pero no maduraron hasta que de alguna forma se les perdió de vista en su entorno. En su caso, y antes de debutar con el primer equipo del Espanyol ante su ex equipo, tuvo que dejar la cantera de Nervión, de donde era uno de los delanteros de futuro, para dar un salto más geográfico que de nivel, al pasar a formar parte del filial catalán. No era un fichaje de relumbrón, pero el potencial estaba ahí, y ya dejó muestras de ello en la segunda vuelta del Grupo III de la categoría de bronce. En su caso, como suele ocurrir con otros que de verdad quieren hacerse un nombre, necesitaba recargar la ilusión y coger el impulso necesario que otorga el competir con nuevos compañeros y retarse a uno mismo en un lugar alejado del suyo propio. ¿Condiciones? 1’87, velocidad, desmarque, buen golpeo,… Y estamos hablando de un punta.

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