¿Y ahora qué?

yahoraque

Hace ya unos cuantos años me atreví a decir que esta mezcla de generaciones ganaría un título con la selección. Que tarde o temprano lo haría porque la diferencia que representaba frente al entorno, los demás países, así me lo hacía pensar. Contrario a mis propias inclinaciones, tuve incluso el atrevimiento o la estúpida osadía de decir, tras el triunfo en Austria y Suiza, que no se había tocado techo. No me doy ningún mérito por ello, porque tampoco creo que lo tenga (si acaso he sentido mi frustración al observar que tan pocos lo pudiesen ver), y además no me parece bien esa costumbre extendida de intentar predecir lo que va a ocurrir, como suele suceder habitualmente en los medios (aunque se ciernan al próximo partido).

En mi caso yo soy solo un simple apasionado a esto que un día vio algo especial en ese torneo, que según se mire es hasta injusto, como es el Mundial. Y si acaso me entretengo ahora escribiendo esto es porque mucha gente pregunta y se está preguntando si volveremos a ganar. No quiero separar ahora intereses, en cuanto a la forma en que la gente tiende a acercarse a este juego, así que partiré de esta necesidad.

Añado antes de empezar que yo creo profundamente en el recorrido, que en la construcción y la trayectoria de un buen equipo está la belleza de todo. Sin duda, la consecución de una meta, esa eclosión, también forman parte de él. Pero si solo valoráramos eso, nos estaríamos dejando tanto…

Como iba diciendo, no me gusta predecir lo que va a ocurrir en un deporte al que uno le ha dedicado tanto tiempo. Si lo hice fue porque yo mismo me imbuí en la desesperación, y esa, normalmente, no es tan buena compañera de viaje. Y ahora todo el mundo quiere saber qué va a ocurrir. Los hay que piensan que esto se ha acabado, que ya no volverá a suceder. Es probable. O por lo menos es hasta lógico que si vuelve  una época de éxitos esta no se dé de la misma forma, porque es evidentemente imposible. Ya no somos la selección que prometía y que nunca ganaba nada, aunque haya muchos que no lo olviden.

El adiós en el Mundial de Brasil se debe, en definitiva, a la inclinación descendente de esa curva emocional que acompaña a todos los grandes equipos de la historia. En este caso hay que decirlo así, por pura justicia con estos jugadores. Ahora, a falta de confirmaciones oficiales, se viene otra aventura, otro proyecto quién sabe si más o menos diferente o en la misma línea de lo caminado hasta hoy. La realidad es que jamás nos hemos acercado tanto a nuestra propia identidad futbolística como en los últimos seis años.

Ese encuentro con nosotros mismos ha cambiado y agitado también el entorno futbolístico. Hoy es más sencillo ver a Valbuenas, Verrattis, Götzes, Sterlings y demás que hace algunos años. Y el Mundial que estamos ya presenciando a pocos días de decir nuestro adiós real a Brasil tiene una impronta alegre. Los equipos van hacia arriba y eso es de agradecer. Tras la eliminación matemática de España, Alessandro de Calò, firma trascendental en la Gazzetta dello Sport, hablaba de la “utopía” que durante estos años han representado nuestros Xavi, Andrés Iniesta, Silva, etc… En un momento donde el fútbol caminaba entre la incertidumbre e inconcreción del resultadismo atizado por el físico, floreció del todo una forma de jugar de indudables y viejas reminiscencias pero con unos intérpretes de una estatura menor, que ganarían para mayor ironía de ese presente. De Calò se refirió incluso  a nuestra selección, con esa conjugación del pasado ya melancólica, como si hubiese sido un “anticuerpo” dentro de un “deporte que estaba caminando hacia una deriva árida”.

Y casualmente escribo esto mientras veo a Italia rasear la pelota desde su propia área hacia el campo contrario, en el calor de Recife, frente a una crecida Costa Rica.

Ese es el momento que tiene uno de llorar aquello que sucedió hace ya unos días. El momento de no responder respondiendo a la pregunta que todo aficionado español se está haciendo: ¿y ahora qué? Pues ahora toca competir. Que nadie olvide que lo que han hecho estos jugadores en las últimas tres citas decisivas anteriores a Brasil ha sido competir, con sus armas, pero compitiendo. Competir es aplicar tus cualidades de la forma más beneficiosa para el desarrollo de las mismas, lo que te puede acercar más a tus objetivos. Y no hay nada más efectivo que hacerlo con tu propia identidad. Es en cierto modo absurdo alejarte de ella para enfrentarte a rivales importantes.

En ese proceso previo está la selección de los jugadores. Si en algo había fallado la propia selección antes de esta última gran época era en la elección y en la mezcla. Había fallado frecuentemente en la detección del talento y a quién se debían realmente otorgar esos galones. No es casual por ello que Xavi Hernández haya alabado siempre la figura de Luis Aragonés como entrenador clave en su carrera deportiva. El mito del fútbol español detectó al auténtico Xavi y lo elevó como nunca hasta su verdadero rol. Pero eso durante mucho tiempo no se hizo. En alguna época, porque no había jugadores; en otra, porque se sobrevaloró a unos y se menospreció a otros que estaban llamados a ser el sello del equipo. Y casi nadie lo vio, o nadie que estuviera en condiciones de tomar decisiones.

Porque siempre hemos tenido la manía de valorar al impulsivo, al que aparentemente no para de  interactuar en el campo. Incluso en la mayoría de las ocasiones hemos apreciado más a aquel que hacía cosas, no banales, pero que tenían mucho menos que ver con la pelota. Nos alejábamos de la esencia, del patio del colegio, y preferíamos al capataz que “más grita”, que en algún momento puede ser importante, pero depender de él nos abocó y nos abocaría a caminar sin rumbo.

Si hemos avanzado en algo es en ese rumbo. En saber que apreciamos la energía de Sergio Ramos y sus condiciones, pero que dependemos del poso y la inteligencia con el balón de Ander Iturraspe; que valoramos la fuerza, y la necesitamos, y la versatilidad de Javi Martínez, pero que vivimos del duende de Thiago o Isco. Diferenciar una ayuda en el camino.  Y para ello la federación ha de cuidarse. Ya lo hace con el trabajo en la base, pero también debe otorgarse a sí misma una independencia clave en la selección de los mayores.

No hay que tener miedo a acelerar los pasos si cabe, porque los clubes, que es cierto que forman a todos estos jugadores, pierden en algunos casos totalmente la perspectiva cuando se imbuyen en el caótico día a día de sus primeros equipos. Se sabe que muchos talentos que en una situación lógica contarían ya con una gran cuota de participación en la élite, no la tienen porque en sus clubes, año tras año, se tiende a adquirir a la figura o figuras internacionales de turno que les cortan la progresión. El equipo propietario no cede al jugador, por cubrirse ante la acusación de que no cuenta con la cantera, y éste se nutre solamente de minutos residuales. Pierde el jugador, pierde el club cegado y lo hace también la selección.

En este punto, la selección ha de tirar de su independencia y sí dar cabida, si se necesita a jugadores en una posición concreta, de los talentos con más proyección con los que cuente. Porque si el jugador tiene capacidad, el contar con minutos en el escaparate de la selección mayor también le va a abrir los ojos a los clubes. La ilusión de la afición y el apoyo de la federación los va a tener seguro.

No se trata de hacer revoluciones, porque no hacen falta, se trata de tirar sin miedo de este recurso, sobre todo con unos jugadores ya educados en una forma de entender el juego. Material hay de sobra, pero también hay que tener en cuenta el crecimiento que han tenido algunas federaciones que estaban de capa caída no hace tanto tiempo. Así que una mayor igualdad se debe asimilar como algo natural.

La selección vive hoy, pese a la decepción de Brasil, una realidad totalmente distinta a la de hace diez o quince años. Una vez interiorizada la identidad futbolística tras los últimos éxitos, no paran de aparecer jugadores jóvenes. Se ha adquirido cierto estatus, y vale la pena seguir incidiendo en él para mejorarlo y dotarle matices. En ese proceso hay que aceptar que a medio plazo no haya urgencias, porque tenemos cercano el ejemplo de cómo se han de hacer las cosas. Por eso, no hay motivo para predecir lo que ocurrirá.

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