Ya nadie quiere ser favorito

La Copa América de las sorpresas ya tiene semifinalistas. Ese sería un titular sencillo si nos obcecáramos en ignorar que algunos equipos han crecido, algo que pocos esperaban, a lo largo de la competición. Con Argentina y Brasil fuera, Uruguay coge el testigo de jerarquía, objeto que, por lo visto, pocos ya quieren tener en sus manos.

Las eliminatorias comenzaron el sábado con un Colombia-Perú que nos devolvía al ruedo al equipo más robusto del torneo, el cafetero. Hasta su clasificación a los cuartos, los del “Bolillo” Gómez provocaban muchos de los apelativos, casi etiquetas, con los que se denomina a un conjunto sólido, con pegada en ataque y resolutivo en defensa. Pero Perú, desenvolviéndose en su orden sin estridencias, gracias a un técnico veterano como Markarián, aguantó las acometidas lógicas de un rival de entidad y en un resquicio del ensamblaje colombiano se llevó la eliminatoria en la prórroga. Primer salto a la banca y con cierta injusticia.

En la toma de Santa Fe por parte de los uruguayos es más inapropiado hablar de merecimientos. Argentina, en su deseo de asimilar un fútbol más dinámico, mantuvo al rival en serios aprietos sólo quince minutos. A partir de ahí, el partido se convirtió en una lucha, ya legendaria, con los cuchillos en la boca.

En esa disyuntiva, los argentinos, en su interior, por alguna razón que todos sabemos se sienten inferiores a los charrúas.  Era cuestión de esperar y esta vez fue en los penaltis. Para ganar, esta Argentina debe sentirse un equipo de más vuelo.

Brasil vive con el problema de vivir casi siempre en las alturas. Podríamos no analizar su eliminación si nos atenemos al lamentable estado del césped de La Plata –no debería jugarse allí ni un partido más de esta Copa América-, pero el cúmulo de ocasiones erradas por los de Menezes y las caras de indiferencia de sus jugadores hacían pensar que la ilógica terminaría de nuevo imponiéndose.

Paraguay había sido un hueso durante la primera fase y ya lo había catado Brasil, pero en este envite se mostró como una selección tan timorata y escasa de energías que la mayoría de sus jugadores parecían estar padeciendo algún tipo de virus estomacal. Gracias a una suerte inmensa y a su portero, Justo Villar, ahora están a un paso de la final.

En una semifinal dónde los guaraníes se las verán con Venezuela, la invitada más inesperada. Todo a costa de privarnos del fútbol más alegre y dinámico, el que proponía Chile. Con la herencia que ha dejado Marcelo Bielsa, el fútbol de ese país ha adquirido un estilo que le hace, haya donde vaya, exigirse ser el portador de la iniciativa en el juego.

Borghi ha mantenido las líneas maestras de la idea y está disfrutando de una generación que poco a poco va adquiriendo más madurez, pero que hoy se ha llevado un duro golpe. Porque tenían fútbol de equipo campeón, pero una vez más sus debilidades (todo equipo las tiene) se han hecho notar demasiado.

En Sudáfrica, sus problemas para concretar las acciones de ataque fueron un duro contraste en relación a lo que Brasil le produjo a La Roja. Frente a Venezuela, dos jugadas a balón parado desde zonas muy similares fueron su condena, tan inmerecida viendo el derroche de fútbol de la segunda mitad. Venezuela, con su notable orden entre líneas, ha hecho historia y se ha colado por primera vez en unas semifinales, pero dándole una puñalada casi mortal a la emotividad con la que algunos ojos veían esta Copa América.

 

 

Un comentario a Ya nadie quiere ser favorito

  1. Sebastián says:

    ¿Por qué decís:

    “En esa disyuntiva, los argentinos, en su interior, por alguna razón que todos sabemos se sienten inferiores a los charrúas”?

    Soy todo oídos para escuchar tu explicación, “la que -supuestamente- todos sabemos” no sólo la histórica -de la que no dudo que tenes vasta información-, sino que también en base a fundamentos de juego y similares. Y si no te referis a la historia, sino a la actualidad, lo cual no es claro ya que no das precisiones y lo dejas abierto a la especulación, también estoy dispuesto a escucharlas.

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